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De modo que si en tierra de ciegos el tuerto es rey, ¿cómo llamaremos á D. Antouio, que quiere ser gobernante en país de mudos? Como es natural y corriente, nuestros hombres públicos se han apresurado á hacer públicas en los diarios sus resrpeotivas opiniones sobre el grave problema qne se cierne sobre la patria. Lo más grave del caso no es que nuestros políticos hayan acudido á la solicitud de El Liberal, sino que hayan tenido calma para hacer lo propio con u n diario norteamericano, en vez de tirarle las cuartillas á la cabeza. P o r lo visto, los políticos creen que aún no ha llegado el caso de las columnas militares y que puede arreglarse todo con columnas de prosa antipática y amazacotada. La más alta elevación de miras bulle en todas esas opiniones; así D. Práxedes, osando comparar el alfilerazo inferido á su amor propio con las heridas de la patria, arrima el ascua á su sardina y dice que la disolución de las Cortes es la causa de todo lo que ocurre. ¡Es claro! ¿Cómo habían de atreverse con nosotros los mercachifles yankees mientras estuviera en pie u n sólo orador español? Silvela se ha ofrecido al Q- obierno y i la patria con todos los suyos. ¡Valiente puñado son tres moscas! Pero claro es que el fiueblo respirará tranquilo cuando sepa que la daga florentina va á ser monlada en la borda de u n baque para defender las costas de Cuba. El jefe del Gobierno sigue viéndolo todo de color de rosa y dando satisfacciones á todo bicho yankee viviente. El A y u n t a m i e n t o de Madrid todavía no ha dicho nada. Pero algunos concejales se ofrecerán al Grobierno para seguir armados en corso, y claro es que semejante ofrecimiento será de los más útiles en las presentes circunstancias. Castelár, que en tono profetice y altisonante, nos p) ne al tanto de todos los problemas de la política universal, reclama ahora su derecho al silencio. ¡Bien por D. Emilio! -No es ocasión de hablar, dirá el ilustre estadista, sino de escribir artículos para América. Y n o es cosa de perder la parroquia por patriotismo de más ó de menos. La vida nacional y la adorable normalidad política no pueden t u r b a r s e por el capricho del tío íSam. A í es que los faturos representantes de la nación marchan á trabajar sus distritos como si nada ocurriera, procurando sacar el mayor partido posible de las criticas circunstancias que atravesamos. E n vez de ofrecer á sus electores el oro y el moro, les ofrecerán el oro y el yanhee, presentándose ante el. cuerpo electoral con traje de rayadillo y el macuto á la espalda, como si estuvieran dispue s t o s á m a r c h a r á Cuba y de allí á Washington en dos zancadas. Las elecciones futuras se verificarán como las pasadas y las anteriores, con los embuchados de rúbrica y los pucherazos de ritual. Porque vamos á ver: si no fuese á haber pucherazos, ¿estaría el Gobierno como está ahora, poco menos que haciendo pucheros? -iMis queridos amigos y correligionarios, dirá el candidato dirigiéndose á sus electores: ya veis que la patria está en peligro. ¿Por qué está en peligro, me diréis? P o r q u e es huérfana, sí, huérfana del todo; porque bien sabéis que la patria no tiene padres desde que don Antonio dio con ellos en tierra con el decreto de disolución. Cómo recibirá el pueblo tan elocuentes declamaciones, es lo que falta saber, pues bien so ve que el horno no está para bollos eleetoiales, n i la M a g d a l e r a para tafetanes parlamentarios. Cuando suspiramos por alianzas europeas, ¿qué importancia van á tener las alianzas de campanario? Cuando lo que se busca es una intervención continental, ¿quién va á fijarse en los interventores de las futuras mesas? ¿Qué papel hacen los que quieren calzarse este distrito, aquella senaduría ó la otra. representación, cuando la opinión y las miras del pueblo están fijas precisamente en la plaza de las Descalzas? LDIS R O Y O DIBUJOS DE CILLA VILLANOVA