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todos los literatos ilustres, de todos los artistas de nota, de todo cuanto constituye lo más granado de la corte; porque la marquesa de la Laguna, cuyo ingenio cprre parejas con su belleza, no se concretaba, como tantas otras, al estrecho círculo de sus aristocráticas amigas, sino que se complacía en la conversaeión de los artistas y de los literatos, acudía al Congreso de los Diputados en esas sesiones tempestuosas que preceden á los grandes acontecimientos políticos. Para todos tenía ella la frase oportuna y la réplica ingeniosa; al autor dramático le hablaba de sus éxitos teatrales, á los que ella contribuía desde su palco con aplausos y sonrisas; al literato de sus obras, que ella tenía sobre la mesa de su houdoir para saborearlas en sus ratos de ocio; al orador parlamentario de sus polémicas oratorias, que ella presenciaba desde la tribuna de ex- diputados, en que tenía preferente sitio; al matador de toros, á Mazzantíni por ejemplo, le hablaba también de sus triunfos en la clásica fiesta, á la que nunca faltaba lella con la mantilla de blonda velando la dorada cabellera... Una nota triste, la muerte de la anciana duquesa de la Boca, vino á turbar la brillante existencia de la bella dama, que envuelta en los crespones de su luto vivió recluida en su palacio, en el que por rara excepción pe- netraron á compartir su pena algunas do sus más íntimas amigas; y cuando apenas se había amortiguado el rfecuerdo de aquella desgracia, que llevó á los salones del palacio de Ja Laguna los antiguos tapices y los ricos muebles transportados del derruido caserón de la calle de Toledo, vino una nueva pena alienar de duelo inesperado á la ilustre familia: el fallecimiento en París del duque de la Roca, D. Santiago del Alcázar y del Ñero Verá df Aragón. De su ilustre hermano heredó la marquesa de la Laguna los títulos de condesa de Pequeña y marquesa de Tenorio, y adornó á sus dos hijas mayores doña Berenguela y doña Menoia con las coronas de los marquesados de Sofraga y del Valle de la Paloma, dejando para las dos menores, doña Gloria y doña Blanca, el condado de Eequena y el marquesado de Tenorio. En uno de los magníficos bailes celebrados en el suntuoso palacio de Portugalete, residencia de la duquesa viuda de Bailen, hicieron su presentación en sociedad las entonces señoritas del Collado y Alcázar, las dos hijas mayores de los marqueses de la Laguna, y bien pronto cautivaron con su presencia á cuantos les fueron presentadas; desde entonces puede decirse que no ha habido fiesta alguna en la sociedad madrileña que las dos lindas jóvenes no hayan animado y realzado con sus encantos; y herederas de las simpatías de su madre, dos veces en el corto espacio de un año han podido conocer la extensión del ancho círculo de sus amigos, porque