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menoias de u n suelo que con la misma arteria de sus habitantes nos deparaba la muerte en cada charco que apagaba nuestra sed, en cada árbol que nos defendía con su sombra de aquel sol que abrasaba nuestra sangre Mi misión era dar caza á la partida que mandaba el Pardo Anguila, uno de los guerrilleros más conocidos por sus instintos sanguinarios y por su astuta ferocidad; pero lo desesperante era que cada día me convencía más y más de la inutilidad de nuestros esfuerzos, j a hm ue Jas operaciones del Pardo estabaren a hacienda de G- uanají, una de sus más fh valiosas propiedades, y de ser asi, no había de ser del todo difícil cogerle en su propia guarida. El quid estaba únieam ente en que no se uos hubiera engafiado una vez más, éxpouióndonos, no á un golpe de mano que la cobardía de los insurrectos no hacia temor, sino a perder u n tiempo que iba acabando con el espíritu de nuestras tropas. Fuera lo que quisiera, era preciso seguir. Los soldados no querían ya más que entrar en fuego, y á mí lo que me desesperaba era el. que nada anunciara la proximidad á la hacienda. Porfin, después de cerca de veinte horas de marcha, el toque á rebato que se oía clara y distintamente no nos dejó lugar a la duda, i r a la campana del batey, que asi como en los días de paz anunciaba las horas de descanso y de faena á los trabajadores de los cafetales y de plantíos de caña, ahora llamaba á las armas á los insurgentes.