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EN LA MANIGUA (RKCUKRDOa ülí LA OTBA G Ü E K K A) Cuando se dio á mi regimiento la orden de pasar á Cuba, casi me alegré. Ya que hubiera que romperse los huesos, valía más que fuera alli que no en otra j; arte. Iv o pocas veces me había tocado habérmelas con los carlistas en el ICorte y con los cantonales en Málaga y en Cartagena, y no diré que de mala gana, pero si haré constar que al batirme con ellos más había sentido lástima que odio. Equivocados ó no, eran hermanos nuestros que, lejos de renegar de la madre común, sólo por ella, por lo que creían que habría de hacer su ventura, dejaban la tranquilidad de sus hogares y derramaban á torrentes una sangre que con decir que era española sobra el calificarla de heroica. Pero por lo que toca á los insurrectos de nuestra gran Antilla, no e r í asi. Hijos encanallados é ingratos, se volvían contra la patria que les había dado el ser y pagaban bondades y tolerancias, que no era á ellos á los que les tocaba censurar, con cuaatas perfidias y arterias pudo inventar la más baja de las ruindades y el más sacrilego 6 injustificado de los odios. Esos no eran españoles, no. La prueba de que no debía tenérselos por tales era que mientras los otros, pusieran en ella el gorro frigio de la Eepública ó las Uses de los Borbones, enarbolaban con santo orgullo nuestra bandera, los desmandados cubanos hasta desechaban los colores rojo y amarillo. Después de todo, hacían bien. La sacrosanta enseña que tales glorias nos recordaba se hubiera m. anchado en manos de aquella degenerada raza de traidores que ni el valor de sus ascendientes había sabido conservar. Porque, bien es que se sepa, los encomiadores de su ardimiento los adulan sin saberlo, confunden los instintos sanguinarios y feroces del tigre con la heroica nobleza del león. Ho podían ser valientes aquellas hordas que sólo valiéndose de la emboscada, y cuando estaban seguras de ser ciento para uno, aceptaban la lucha. II iS o hacia aún dos meses (j ue mi regimiento había sido incorporado al ejército de operaciones, y confieso que un gran 4. A LKt ff OU. descorazonamiento se había apoderado de mi. En lugar de las grandes acciones de guerra con que soñaba, sólo me veía empeñado en continuas marchas en que iban mermando nuestras fuerzas, no las balas de los enemigos, sino las mcle-