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Esta segunda parte debería de titularse Diez años después porque diez años después de ese amor y de ese rompimiento, siendo ya Viñaspre u n señor abogado y a u n habiendo defendido á varios criminales famosos de su pueblo (que por cierto fueron á, la horca) vino á dar una vuelta por Madrid, impulsado por no sé qué negocio y por el afán de refrescar sus recuerdos. Y como á pesar de los diez años transcurridos y de sus desafortunadas defensas forenses Viñaspre se acordaba con cierta melancólica ternura de Amparo, la primera tarde de su estancia en Madrid salió de la fonda pensando: Me figuro que no habitará ya en la calle donde ambos vivimos, pero de todos modos quiero contemplar su casa, la de aquel gabinetito blanco rameado de flores azules, donde tan felices pasaron para mí las primeras horas de mi primer amor. Y sumiéndose en la dulzura de sus recuerdos y tropezando con los transeúntes, se encaminó á la solitaria calle cuyo nombre ignoro. ¡Su calle de estudiante, su calle de enamorado, su calle única de Madrid! Vio la tienda dé ultramarinos donde vivía el dueño de la codorniz; u n poco más arriba, y aquélla era la casa del gabinetito. Apresuró el paso, latió también más aprisa su corazón, y de pronto Viñaspre se detuvo asombrado. ¡La casa ya no existia! U n a valla de carcomidos y desiguales tablones marcaban la línea de su fachada; por encima de aquélla y en 4. j í. tx l el fondo se veía la mancha amarillenta y sucia de las paredes traseras de otras casas, paredes acribilladas á tragaluces, y del solar donde se alzó el edificio de sus sueños amorosos salía u n olor á moho, á humedad, á papeles viejos, á tierra removida, á cosa sucia, á cosa muerta ¡el olor característico del derribo! ¡á lo que huelen las casas viejas cuando se mueren! Viñaspre sintió que dentro del alma se le derribaba otro edificio, el de sus memorias; pero aún le quedaban mayores tristezas. Alzando los ojos, vio en la pared medianera de la casa inmediata como u n plano vertical de las habitaciones adosadas á aquélla, y que fueron del edificio derribado. La linea de los techos perfectamente acusada, obscuras manchas en los sitios donde estuvieron las chimeneas, y amarillentos y rotos, pero todavía encuadrados sobre la pared, los papeles