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qué edasistírá que hay tantas morenas pobres por el mundo? La pensión de la madre de Amparo, roída además por la lepra, usuraria, llegaba apenas para los primeros y más perentorios gastos de la casa, y para atender á los segundos y á los sucesivos las dos mujeres cosían. Cosían casi siempre j u n t o al balcón, y este balcón estaba al lado del de el cdárto de J u a n i t o cuarto en el cual debía nuestro amigo estudiar el Derecho Eomano, mas en el que fumaba cigarrillos con el libro delante, y J u n i o y los exámenes lejos de la memoria. Además, para distraer el cansancio de la costura, Amparo cantaba, y la muchacha tenia m u y bonita voz, de contralto por supuesto, como casi todas las morenas, y J u a n i t o Viñaspre era idólatra de la música. Asi es que, dejando la colilla sobre Justiniauo, solía decir m u y á menudo: ¡Qué bien canta la vecina, y q u é guapa la hizo Dios! ¡Si y o me atreviese! Una tarde se atrevió. Ella estaba en su balcón; él salió al suyo, y le dijo: -Canta usted como u n ángel, vecina. ¿Usted lo cree? -Hace muchísimo tiempo. Y entablado de esta manera e l diálogo, después se dijeron mil y mil cosas más que no he de repetir yo aquí. Baste consignar que cuando cayeron las primeras sombras de la noche, había nacido el ainor en aquellos corazones, y el sol se ocultó pensando: Hoy no he perdido el día. -Me enamoré como u n loco, decía Viñaspre contándome su aventura. Era m i primera novia; tenía yo dieciocho años, ella diecisiete; ella morena, y yo estudiante. Todas las tardes y todas las noches nos las pasábamos en el balcón hablando, riñendo, haciendo las paces. La calle donde vivíamos era m u y solitaria, y además, aun cuando nos hubiese contemplado toda la gente que cabe en la P u e r t a del Sol, habríamos hablado y reñido del mismo modo. Por supuesto, los libros no merecían de mi parte ni la más somera mirada. Tenia los ojos llenos de aquella cara morena de facciones valientes, dém asiado acentuadas tal vez, pero de dibujo vigoroso y correcto. ¡Imagínate si en tales condiciones iba á estudiar las servidumbres! ¡Qué más servidumbre de luces que la del amor cuando nos mira por u n o s ojos negros! El curso adelantaba, y mi cariño crecía. Ya u n a importuna codorniz de la vecindad llamaba al alba en las noches de Mayo, turbando con sus guturales cantos nuestros coloquios. Nueva Julieta, hubiera podido deoirnae Amparo: Retírate, J u a n i t o Escucho el canto de la alondra, que anuncia la proximidad del día. Y yo le hubiese contestado: No es la alondra, Amparo de mi corazón: es la codorniz del tendero de ultramarinos, que tiene el mal gusto de dar cinco golpes mientras te estoy diciendo que te quiero con toda mi alma. Ello es que llegó el mes de Junio; que tuve el atrevimiento de examinarme; que me faí á mi pueblo hablando de injusticias de los profesores; que mis padres me creyeron, porque siempre creen al principio esas cosas; que pasé u n verano tristísimo acordándome de Amparo, y que en cnanto apareció Septiembre regresé á Madrid, y al verla de nuevo comprendí lo mucho que la qaeria; porque apenas me habló, creí que m e despertaba. U n a noche convidé al teatro á la madre y á la hija, y desde el sigaiente día entré en la casa. Como puedes figurarte, no parecía ésta u n pilaeio real, ni mucho meaos. Todo en ella era p j b r e y humilde, pero todo estaba limpio y colocado con cierta coquetería. Las manos de las mujeres saben poner los muebles de u n a mítnera, que parece que éstos se. quedan dándoles gracias. Celebrábamos nuestras conferencias de las tardes y teníamos nuestras tertulias de la noche en su gabinetito, empapelado con u n modesto papel blanco rameado de flores azules; el gabinete tenía u n balcón, que era el último de la fachada de la casa. ¡Qué horas tan dulces he pasado en aquel gabinete, a u n q u e si me preguntases detalles de esas horas no sabría contártelos! Los que aman por vez primera son la desesperación de los novelistas y de los autores dramáticos: si ponen éstos en sus labios alguna frase que quiera decir algo y resulte bonita, mienten; si copian la realidad, el lector so aburre y el público silba. Un enamorado de primer amor sólo sabe decir las palabras del ángel: ¡Ave María! y quedarse como en éxtasis. Amparo correspondía á mi adoración con un cariño bastante intenso; no estaba tan loca como yo, pero me quería lo suficiente para que á mi se me antojase que lo estaba; mas en cuanto á su madre, la buena ó la mala señora se entretenía en darnos disgustos. No era yo su ideal: no le bastaba u n estudiante. Quería algo mejor para su hija, y sobre todo, algo con más dinero; el dinero ora su pesadilla. Angustiada por constantes apuros, estaba esperando siempre el Redentor; á un Eédentor salido del Banco, como Jesús de entre los judíos; y en cuanto ese Creso se presentara con buenas ó con torpes intenciones respecto á Amparo, ¡ay de nuestro cariño! ¡ay de nuestros sueños de ventura! Todo se habría acabado. Y mientras tanto, nosotros ¡infelices! nos entreteníamos en escribir en el papel blanco con flores azules del gabinete, bajo la salvagaardia y escondrijo de unos malos cuadros que decoraban las paredes, yo: Té quiero con toda mi alma y Amparo: No te olvidaré nunca Los enamorados que van al campo destrozan las cortezas de los árboles; nosotros, más modestos, garrapateábamos en la epidermis del casero. En esto, el Creso relativo llegó, y el idilio trocóse en tragedia. No te contaré las escenas de ésta. Lloramos mucho; yo pensé matarme; no lo hice: Amparo me j u r ó que á pesar de todo n o me olvidaría n u n c a Aborrecí á las mujeres, me puse enfermo, mé suspendieron nuevamente en J u n i o me fui á mi casa, dije á mis padres que Madrid no me probaba para la. salud ni para la carrera, y decidieron enviarme á otra Universidad. Efectivamente; al año siguiente fui á Zaragoza, y aquí se acaba la primera parte de mi primer a m o r Ahora, puesto que t ú ya sabes la segunda, puedes contársela al que quieras, é incluso escribirla si imaginas que haya quien pueda tener gusto de leerla, que sí lo habrá, porque en el m u n d o sólo dos cosas consiguen público verdadero: el amor para las comedias, y la m u e r t e para los dramas.