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Los heridos mambises E n nuestras exenrsioups por el campo de a guerra (no tan difíciJes desde que todo Cuba es insurrección, como podemos afirmar con triste pero exacta verdad) nos hemos tropezado Infante y yo con grupos iguales y otros m u y semeiantes al que ha reprciduoido en el dibujo adjunto el hábil pincel de mi querido compañero y colaborador. Tropel de peones y caballos que en marcha desordenada conducían los heridos. ¿Adonde? ¡Quién sabe! Quizá á los- poblados amigos, donde gente del país atendería con cuidados caseros á la curación de las víctimas de la guerra- quizá á misteriosos hospitales de sangre guardados por las fuerzas rebeldes en sus rincones más escondidos y abruptos, en lo más intrincado de la manigua ó en el riñon de la Siguanea; acaso al enterarse de la proximidad de una columna soltarían Ja carga, abandonarían los heridos, y los soldados españoles se encargarían de recogerlos y transportarlos á nuestros hospitales y ambulancias, donde la roia cruz extiende sus brazos protectores á los dos bandos; en la casa del dolor no hay españoles n i mambisos; todos los heridos son unos para el sentimiento de humanidad, y el médico español, al auscultar a sus enfermo. no pregunta por qué bandera late su corazón n i por qué ideal suspira su pecho. Pocas veces, sin embargo, deja ol enemigo sus heridos en poder de nuestras tropas, á no ser cuando la rapidez de la huida ó lo repentino de nuestro ataque les obliga á dejar toda impedimenta; generalmente, después de u n a derrota en- J -C- í X cueutran modio de proteger su retirada cargando á los heridos en los caballos, llevándolos on hamacas, parihuelas 6 verdaderas camillas al bohío más próximo, donde ocultan al herido sigilosamente hasta su completa curación. Compréndese esta manera de obrar en el enemigo, n o por cariño á los hombres que caen, y que desde este momento sólo son un embarazo y u n estorbo á los rápidos movimientos en que estriba su táctica, sino por no dejar detrás de sí rastro alguno del camino que tomaron al dispersarse, ni lenguas sueltas que pudiesen httcernos revelaciones importantes instigadas por el agradecimiento natural en el herido bien cuidado, ya que no por íófemalos tratos, j a m á s puestos en práctica por los soldados españoles con los prisioneros y heridos del contrario. Los insurrectos tienen también mimtado á su modo el servicio de la Sanidad Militar. Son muchos los cabecillas (Zayas, por ejemplo) que salieron médicos do la Universidad do la Habana, y no pocos médicos de partido y estudiantes do Medicina militan hoy en las filas rebeldes, donde, como es lógico, prestan á los heridos el cuidado y la asistencia que aprendieron en una Universidad española. Menos mal, si todósSos médicos que se pasaran a l a insurrección no hicieran más que ejercer su humanitario oficio; la humanidad les absolvería, a u n q u e España no les perdonase su traición; Y no cabe dudar que los médicos insurrectos tienen ocasiones de sobra para ejercer su profesión; además de los numerosos heridos causados á las partidas por las balas de los Maüsser, la insurrección tiene su epidemia, asi como el ejército la tiene también, y muy terrible, con la fiebre amarilla. Sabido es que entre la población negra ó parda, como aquí dicen, que forma el núcleo principal de la insurrección, hace teiribles estragos la tisis, y no es menos cierto que la viruela ocasiona muchas víctimas en el campo insurrecto. H a y muchos cabecülas heridos y ocultos por ahí; Serafín Sánchez, recientemente herido en u n a pierna, convalece en misterioso asilo, y el mismo Máximo Gómez se sostiene todavía á caballo merced á las fuerzas extraordinaiias de su ánimo. Su médico no se separa de él u n solo instante; tiene dos llagas abiertas, y la tuberculosis avanza rápidamente en el cuerpo desmedrado del generalísimo. J U A N DÉ LASHERAS