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LA MARCHA DE LOS SOLDADOS ¿Será, enefeoto, el sentimiento de a patria, como quieren algunos sociólogos ultraradieales, cosa puramente artificial, ó por o menos atávica y salvaje? Con el libro delante de los ojos y la paz más completa on el horizonte r e la nación, no es cosa rara que algunos escritores hayan sentado afirmaciones tan absurdas, porque si de las propias visee? as no nos damos cuenta hasta que nos atormentan y duelen, ¿cómo hemos de saber lo que es la patria cuando nadie la inquieta, cuando n i n g ú n traidor intenta cercenarla, cuando vive obscura, callada y desapercibida, como viven las visceras para el hombre en su perfecto estado de salud? Hasta que no viene el ataque cardiaco, nadie sabe á punto fijo en dónde tiene el corazón; hasta que no duele la patria herida, nadie sabe en qué consiste el sentimiento de la patria, ni qué misteriosa linea separa nuestro cielo de los demás, nuestra tierra de las otras tierras, nuestra honra colectiva de la honra individual de cada u n o La bandera nacional! ¡Cuántas veces la habíamos visto marchar enhiesta en los desfiles, ondular orgullosa en los edificios del Estado, flamear airosamente sobre los castillos y en las vergas y palos de nuestros buques! Pero en la vida n o r m a l no es posible ver lo que la bandera encierra entre sus pliegues, ni nadie se para á interpretar tampoco las misteriosas palabras que su tela escribe en los aires al agitarse por el viento. En tiempo ordinario la bandera es alegría, es fiesta, es vacación y descanso, cosa bulliciosa y festiva, y como tal pasajera y poco respetable; el placer nunca llega á lo hondo; sólo es cierto el dolor, como dijo el filósofo con profunda verdad, y de ahí que rodeada de dolores es como hay que ver la bandera de la patria para sentirla, porque sólo ahora, en tiempos de guerra, es cuando sus franjas rojas parecen h u m e a r como sangre hirviente y yacer entre ambas la franja amarilla con la imborrable palidez del cadáver querido. Para quien haya visto la bandera nacional pintada en las tiendas de tabacos ó enarbolada en señal de gala con uniforme, estos párrafos serán exaltaciones incomprensibl es; para q uien la haya visto flotar entre las temblorosas bayonetas y acariciar con sus pliegues los gorros de los sol- dados que á la gueria se fueron, serán eco del propio sentimiento y de la honda emoción n u n c a como entonces experimentada. TI OS días hemos vivido en Ma d: id por y para los soldados: la revista de Carabanchel, el último asueto de los- expedicionarios, el inolvidable desfile por las calles de Madrid en dirección á la estación del Mediodía, han mantenido durante ese tiempo en honda y cariñosa fraternidad al ejército y al pueblo; los soldados de Arapiles, de Wad- Eas y de Covadonga, con sus trajes de rayadillo y sus gorros de viaje, han sido el foco de todas las miradas y la atracción de todas las simpatías, tiempo memorable durante el cual borróse un tanto el convencionalismo en quo vivimos, y apartamos la vista y el interés del coche galoneado, del personaje en boga y de las chulaperías de la calle, para fijarlos en el pobre soldado que marcha á Cuba como quien cumple el más sencillo de los deberes. No son mucho tres días para quien deja la patria por mucho tiempo, quizá por siempre, mas en la vida de