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Cuarto Centenario del descubrimiento de América, y los comentarios entre la gente del oficio se reprodujeron quizá con más vigor, no faltando quien pusiera de oro y azul al gran Meissonier, sabiendo que éste era el principal autor de la hazaña. Lo ocurrido en la Exposición Intornaoional de París, y que legitimaba con exceso la justicia de la recompensa alcanzada por Luis Jiménez, fué sencillamente lo siguiente: al entrar el Jurado, compuesto do las notabilidades artísticas del mundo entero, en las salas destinadas á la sección española, se encontró con un arte aparatoso, teatral, y á la postre falso; y Meissonier, que presidía el Jurado, después de examinar atentamente todos Io8 cuadros españoles, se volvió á los individuos del J u r a d o que le acompañaban, y señalando el cuadro de Jiménez dijo: Voüá la note vraí. i. a afirmación de Meissonier no sólo era exactísima, como no podía menos de ser viniendo, de quien venia, sino que además compendiaba de modo admirable y en cuatro palabras el único juicio critico que cabía hacer de toda la sección española de Bellas Artes, Meissonier cometió el pecado mortal, sin absolución posible dada nuestra manera de ver y j u z g a r las cosas de arte, de no quererse preocupar si la pincelada era amplia ó mezquina, si el color era seco ó jugoso, y lo único que buscó fué uia pedazo sincero de verdad, verdad que t x i s tía en La visita en el hospital como en n i n g ú n oti- o cuadro español de los que concurrieron a aquel concurso. El cuadro de Jiménez no era el esfuerzo poderoso de u n artista genial, que es lo que aquí ha encantado y seducido durante largo tiempo, sino una escena sentida ante la propia realidad y trasladada al lienzo sin otro propósito que el de que palpitara esa misma realidad sin artificios de n i n g ú n género. Luis Jiménez, que empezó al lado de Eduardo Cano buscando la belleza por el camino del romanticismo, ha terminado su evolución artística buscando la belleza por el camino de la verdad sincera, y esta evolución se ha operado, para maj or gloria de Jiménez, cuando ya las canas blanqueaban la cabeza del gran artista. Este es el mérito indiscutible de Jiménez, pues al igual del inolvidable Casado, en la edad en la que se inician los desfallecimientos ha tenido bastante fuerza de voluntad para desprenderse de prejuicios rutinarios. Z T es fácil indagar las causas que han podido influir en Jiménez para cambiar So modo tan radical, no sólo en los procedimientos técnicos de la pintura, sino también en las ideas fundamentales de la estética, porque Jiménez, á pesar de ser andaluz y nacido en la propia Sevilla, es hombre de m u y pocas palabras, diciendo él, para explicar su sempiterno mutismo, que cuando chico asistía á la escuela con los demás muchachos de su edad, pero que éstos le dejaban solo creyendo era mucho mayor que ellos, porque aún no había cumplido trece años y ya tenía u n más que regular bigote; y acostumbrado á ser hombre sin haber dejado de ser niño, hízose huraño y taciturno. Sea de ello lo que quiera, pues no hay para qué escribir ahora u n tratado sobre la influencia del mostacho en el carácter de Jiménez para trazar la silueta de este notabilísimo pintor, el hecho es que andaluz de menos palabras no lo he conocido en mi vida, y que á su lado el sevillano Susillo resulta un hablador sempiterno y el malagueño Moreno Carbonero u n charlatán de por vida. APDNTB El primer maestro de Luis Jiménez fué su hermano mayor José J Aranda, que ya pintaba maravillosamente cuando Luis empezó á dar las primeras muestras de su vocación artística. Después de marcharse Aranda á Eoma, Jiménez se fué á la cátedra de colorido que desempeñaba en la Escuela de