Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MAS GARITAS ¡Ayl Un bailo de máscaras! Es posible que aquí se acabe todo: la autoridad, la poesía, la pi ensa, los polvos de arroz, el crédito; todo, menos los bailes de máscaras. Antes renunciaría la Asociación de Escritores á los sagrados fines de su instituto, que al famoso baile que celebra todos los años en el Real, y antes dejarían de comer cocido las de Anguílez que de asistir al baile famoso, después de molestar á sus relaciones todas en solicitud de billetes. Las de Anguílez se vuelven locas en cuanto les dice la mamá: -Niñas, preparaos para el baile de Escritores. A ver cómo arregláis un traje para mi. Las. niñas disponen las cosas de tal manera, que siempre consiguen complacer á la mamá, y ésta se presenta en el baile convertida en mamarracho. Al último baile de máscaras celebrado por los Escritoi- es, la señora de Anguílez concurrió vestida de cocinera antigua: falda negra, coraza de cartón forrada de papel de plata, diadema del mismo metal, y mandil de seda brochado, con fleco. Tanto llamó la atención con su traje, que mientras los retoños sufrían los rigores del aburrimiento sentadas en un rincón de la sala, la mamá era objeto de las atenciones délos periodistas; y uno le dix- igía un chicoleo, otro la invitaba á bailar una mazurka voluptuosa, y otro la decía en voz queda, posando los labios en su oído: -Mascarita, ¿dónde vives? ¿Quieres decirme tu nombre? ¡Qué hermosa eres! Los bailes de máscaras enloquecen á la juventud. El niño mayor de los señores de Aguadilla, que estudia el cuarto año de E) erecho, acudió días pasados al baile de la Alhambra provisto de un duro y varios perros sueltos. Llego a la calle de la Libertad, compró un billete, bebió un vaso de agua con azucarillo en la misma puerta del teatro, pagó su peseta de guardarropa, y entró en el salón ávido de estrechar contra su pecho, en vertiginoso vals, á la primera mujer que hallase en su camino. En uno de los ángulos del salón, lánguidamente reclinada sobre un diván, había una máscara exuberante y nerviosa que ocultaba su linda faz bajo la excitante careta de terciopelo azul. El joven Aguadilla se acercó á aquella máscara y la invitó á valsar. -Con mucho gusto, dijo ella. Y los dos se confundieron en un estrecho abrazo. Aguadilla se expresaba así: ¿Viene usted sola? T ella contestaba con cierta timidez: -Vengo con mi mamá. ¡Debes tener una- cara encantadora, mascarita! -Favor que usted me dispensa.