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j a m á s cerrados; conspiraban los nobles en el muelle de la Piazzetta, en la. loggJ. a del Campanite ó eiitre las mismas arquerías de encaje, sostén absurdo del palacio ducal; las palomas de San Marcos revoloteaban buscando el trigo de la Eepública; esplendorosa diversión y general algarabía, en medio de la cual sólo- vivían extraños á ella ios reos de Estado: el cautivo acliicliarrado en los plomos viendo surgir á las libres palomas bajó las nueve cúpulas de la basílica, y el preso, calado de frió y de humedad en los pozos, sintiendo sobre su cabeza el chapotear de los remos y el pasar de la g ón dola que cruzaba el canal de la Paglia. Los potentados, los nahah. i, los príncipes sin principado, que hoy hallan en París el loco mareo de todas las delicias, encontrábanlo durante el siglo pasado en la Eepública de Venecia, disonante y siuocrática cuña metida en la Europa, llena de Césares. Lo que os hoy el Carnaval de Niza, era entonces, mucho más poético y pintoresco, el Carnaval veneciano; como hoy corren fichas y billetes sobre la gran mesa de Monte Cario, se desbordaba el oro en los i- assini de Venecia, donde la efigie de todos los déspotas europeos corría acuñada sobre los tapetes. Farolillos venecianos pendían de todas las fachadas, iluminando con menos claridad, pero con más poesía que los modernos focos eléctricos, la Plaza y la Piazzetta, las islas que rodean la ciudad, y la plaza de San J u a n y San Pablo, donde se alza la famosísima estatua ecuestre del Colleoni. El 15 de Octubre, día de San Marcos, comenzaba el fabuloso Carnaval, y las visitas de los príncipes, los desposorios del Dux, el Domingo de Kamos, la feria de la Ascensión, eran solemnizados con otros tantos carnavales. Por canales y callejuelas discurrían las máscaras, vestidas con el gracioso disfraz de Venecia: negra caperuza florentina, que cubría cabeza y hombros, tricornio calado y amplia hautta de íVíff; seda, cuyos pliegues rozaban ci n la suave y dulce melodía del dialecto veneciano; los p a l i t r o q u e s plantados de trecho en trecho en el Gran Canal eran los únicos y discre- HA. 70 EL PUENTE DE llIAMO tos bastoneros de la gran mascarada flotante; el vulgo organizaba sus comparsas, vistiendo los trajes del antiguo teatro italiano: Colomhinas, Pierrots, Arlequines, Capitani Fracassa; y dividido el pueblo en los dos bandos de Castellani y Nicololti (según que perteneciesen á los dos barrios del Castillo y de San Nicolás, partidos por el Canal G- rande) rivalizaban sobre la tierra y sohre el agua en juegos de destreza, siempre terminados por el maravilloso descenso de u n fingido Mercurio que desde la cúpula más alta de San Marcos bajaba suspendido de una maroma hasta el muelle de la Piazzetta, deteniéndose á mitad de su vertiginosa y aérea carrera para entregar al Dux u n ramo de flores DIBUJOS DK H U K R T A S Lüís ROYO VILLANOVA