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domo juntos aparecen en el baile de máscaras la odalisca y el hombre de armas, el turco y el cMno, el griego de Bizancio, y el pajecillo del Renacimiento. Ko se comprende á la ciudad de los Dnx sin el negro antifaz y el misterioso embozo de la famosa caipa veneciana: colosal antifaz es aquel P u e n t e de los Suspiros, tras de cuyas ventanas miran por última vez la luz del día los ojos del condenado á los pozos, y horrible carátula es aquel buzón de la sala Dei capi, por donde el espionaje y la venganza lanzaban sus delaciones. E n aquel horrible despotismo de muchos, donde los tres inquisidores pesaban sobre el Consejo de los Diez, y éste sobre el Senado, y el Senado sobre el Dux, y el Dux sobre los nobles, y todos sobre el pueblo, era necesario el Carnaval, porque sólo las intrigas del Carnaval u n í a n á los ciudadanos, como unen los puentes á las barriadas de Venecia. Solamente cuando el antifaz cubría todos los rostros, podía la verdad soltar todos los labios; la careta era igual para todos, la hautta del mismo color y de igual corte, lo mismo que las góndolas del canal grande, todas negras y todas sencillas, según las ley os suntuaríasdelaKopública; y en aquella igualdad ante el disfraz, parodia anticipada de la moderna igualdad ante la ley, el gondolero se acercaba á la do garosa y el obrero del arsenal al bravo r. ondottiero, el judio al senador y el azogado aprendiz de los espejos al bufón del palacio ducal, para que pudieran confundirse los temblores mal pagados del uno con las contorsiones bien digeridas del otro. Erizada la proa de aceradas clavijas y encerrando en la litera el misterio de unos amores, cruzábanse las góndolas bajo el puente de Eialto y viraban hacia los pequeños canales al grito sacramental de los gondoleUN PUBSTE VENECIAKO ros: S ící a ¿í s ¿a ¿afÁ lungo! Ardian en luces y mascaradas los palacios de la nobleza veneciana, cuyas damas, cubiertas por el terciopelo, sólo lucían su esplendente hermosura en los lienzos de Tintoretto y de Pablo Veronés; atábanse las góndolas bajo la iluminada puerta que daba al Canal, y desatábanse los puñales en el pequeño quicio que daba á l a opuesta calle; la licencia carnavalesca hacía olvidar á la mujer el marido ausente para aceptar las galanterías del chevalier servante, como aquella esposa del pobre Beppo pintado por Byron con toda la pimienta del Decameron; en pos de las delicias venecianas se acercaban las galeras llenas de gente de otros países; el picaro gondolero encomiaba á su huésped las delicias de aquellos gabinetes encantados ocultos en el más obscuro rincón de los canales, ó le hablaba de los cassini,