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-No vuelva usted, porque jamás, ¿lo oye usted bien? jamás se constipan. Ellas, que en su morada necesitan tanto confort y tantos edredones y tantas estufas; que van á misa ó las novenas abrigadas de la cabeza á los pies; ellas, que para acercarse al tribunal de la penitencia cada mes ó cada ocho dias (según lo exija el Padre) no hay remilgo que no adopten en el traje y en las maneras, ni santidad que no exalten, n i oración que no recen, sobre todo si está escrita por Grilo, para mayor devoción y regalo de las almas; ellas, que bailan de cuerpo alto cotillones en los palacios de la antigua nobleza, y apenas tocan con la yema de los dedos la mano enguantada de sus parejas, para que no se diga que pecan, siguiendo la corriente pagana del desnudo estético, civilizador y naturalista del siglo; ellas, en fin, que se desmayan al ver un ratón y se pasm, an de, frío en los salones que acabo de citar, ellas son las que, con asombro de cocheros, jinetes y peatones, dan todas las tardes la vuelta á la noria del Parque, acostadas en c. arriiajesi nliiertoa, ¡con trajes de ilusión m u y propios para realzar perfecciones, pero también para apropiarse una tisis galopante por la vía lecta del catarro I pulmonar. P- ¡Hola! ¿Oon que al fin me da usted la razón? La tisis galo pante el catarro pulmonar. Doctor, no se empeñe usted en negarlo: usted juzga como yo, y como tantos otros, que es una locura el salir en invierno en coche abierto; usted considera peligroso t i pateo en esas ciijdiciones. -No, señor; le repito á usted que no. Lo que juzgo es que nuestras delicadísimas mujeres, tan delicadas, que yo gano cada vez más dinero, son más fuertes que los cocheros y los caballos; que los manojitoa de nervios, que tanto admiran por su esbeltez las razas del Norte, son de acero bruñido, resistentes al calor y al frío y á las mayores inclemencias. Sólo por eso no considero peligroso el coche abierto en invierno y otoño. Si no fuera así, el número de victimas resultaría incalculable. -Pero la razón, doctor, la razón. ¿La razón de qué? -De esa resistencia inverosímil; de esas organizaciones femeninas asombrosas; de esa impunidad, llamémosla así. -A eso no puedo contestar. Existe la resistencia. No pregunte usted más. -Sin embargo, esas mujeres- -Kada, nada: para descubrir el arcano tendríamos que verlas por dentro. ¿Quiere usted que le avise cuando haga la autopsia de alguna? D I B U J O S DE A. LBRRTI