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MADEID CALLEJEEO EL COCHE ABIERTO ¿De modo que usted, doctor, no encuentra peligro en esas exhibiciones que hacen las mujeres elegantes! de Madrid paseando en coche abierto en estas tardes frías y húmedas? -No veo peligro. -Hombre, expliqúese usted; porque, la verdad, yo no acabo de convencerme, y muchas veces en el Retiro y en la Castellana, al mirarlas así, me han dado ganas de ofrecerles la capa. -No me sorprende esa extrañeza, que también yo sentí hace años; pero después la práctica m e ha convencido, y... Mire usted, se ha creído que la mujer española, hermana del sol que dora los pámpanos, no resiste la escarcha del Septentrión n i puede vivir bajo un toldo de nieve helada. ¡Error! ¡Profundo error! La mujer española, especialmente la hija de Madrid, no sólo resiste, sino que domina las inclemencias de los climas más opuestos. Si la lleva usted á Sajonia, donde apenas hay calor vital, la verá pisar gallarda la alfombra de hielo que sólo aguantan los osos, como pisa el barro y la nieve de las calles madrileñas con zapato de baile y vestido de tul. ¿No ha visto usted á algunas salir del Real en noches borrascosas levantándose las faldas con previsión exquisita, y emprender la travesía de las aceras? -Si, señor, pero en definitiva me parece eso menos peligroso que el coche abierto en las tardes de invierno. La columna de aire que desarrolla la marcha del carruaje debe ser altamente perjudicial para la salud, sobre todo por soportarla á pie quieto. -No lo crea usted. P a r a la mujer madrileña, plebeya ó aristócrata, no hay nada peligroso. P o r eso sin duda el inolvidable Alarcón distinguió há tiempo á estas últimas, á las aristócratas, con el calificativo pintoresco de pajarita. de las nieves. Y la verdad es que de pronto, al ver á nuestras mujeres tan flexibles y esbeltas, tan ondulantes y hermosas, tan vivas y apasionadas, dar la vida al amor en u n tierno suspiro, en una ardiente mirada, no se da uno cuenta exacta de que el hechizo de envoltura tan frágil tenga resistencias de acero. -Eso es lo que y o digo. De modo q u e casi viene usted á mi terreno. -No, señor, porque tiene esas resistencias, y voy á probarlo volviendo al punto concreto de la discusión. -Vamos á ver. -Entre los oficios líenosos y arriesgados, quizá no haya n i n g u n o como el de cochero. Subido en el pescante, especie de cadalso donde recibe lenta ó instantánea muerte de insolación ó pulmonía, no hay precaución que no tome para afrontar al enemigo: levitón con trabillas forrado de bayeta, chaleco de ante ó de punto, esclavina y puños de piel de zorro, guantes de gamuza, impermeable, paraguas, manta y todo es poco algunos días, porque el cochero tiene jcrío. E n cambio, como contraste singular, dentro del carruaje abierto, del landeau, milor ó victoria, van las damas distinguidas é impresionables, las flores de salón criadas en estufa, sin otro abrigo que el vestido de seda, u n paleto (las que lo llevan) y u n a manta á los pies de más vista que utilidad. -Pues vuelvo á la mía. f