Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
r r FOTOGRAFÍAS INTIMAS DON JOSÉ DE CASTRO Y SERRAN o pudo c alcalar nunca el gran Voltaire los alcances de su sentenciosa írase Si Dios no existiera, seria menester inventarlo repetida después hasta la saciedad por las generaciones posteriores. Gomo el filósofo del enciclopedismo respecto de la divinidad, puede decirse de Castro y Serrano. Hoy aquí, mañana allí, pasado allá, rara era la mesa de la aristocracia donde no se descubría todas las noches, no hace muchas, la silueta de señor mayor de largos cabellos grises peinados sobre los pulpejos, de ojos vivos y relampagueantes, de moreno rostro sin más ornamentación capilar que u n bigote fosco y corto, y de cuerpo pequeño embutido en el clásico frac. G- eneralmente, este señor mayor era el que llevaba la voz y guiaba el coloquio de los comensales, al que escuchaban con arrobamiento los demás, brotando de aquella boca limitada al norte por el cerdoso mostacho, q u e masticaba á la vez que hablaba, á la manera de u n manantial inagotable de agudezas desleídas en una conversación amena y chispeante. El día en que por cualquier indisposición faltaba el señor mayor á la comida, trocábase ésta en el banquete funeral á que asistió el Comendador, invitado por el escéptico Tenorio. Los platos se deslizaban en silencio, los diálogos languidecían y no se reanudaban; en la radiante concurrencia se adivinaba el deseo de acabar y abandonar los manteles; faltaba algo; D. José. Era el despacho de Castro y Serrano reflejo exacto de la manera de ser de su dueño. Ko había en la habitación ninguno de esos modernismos imperantes on la indumentaria actual de los salones: muebles caprichosos y extraños colocados en cualquier parte; en medio de la estancia, sillas volantes de distintas formas y matices, butaquitas, confidentes, banquetas, divanes de hechura de ese, constitu 3 endo u n tropel de oro y raso ó invadiendo también la pieza. Del cuarto de trabajo del insigne escritor había que decir como en la zarzuelilla: todo m u y bonito, m u y arregladito, m u y apañadito. Si no recuerdo mal, todavía conservaba D. José la disposición, que pudiera llamarse clásica, de su sillería, ó lo que es lo mismo, cada uno de los asientos arrimado á la pared, y el sofá formando lo que se denominaba estrado; castizo hasta en el más mínimo detalle. El tono del yute, los cuadros antiguos colgados de los muros, los objetos artísticos acumulados en las rinconeras, sobre las mesas, en estanterías cargadas de libros, revelaban al académico, al escritor oficial, si vale la calificación, al honxbre que siendo hoj u n prestigio lo era ya en u n a época que pasó. Castro y Serrano no escribía precisamente en su despacho, sino en un gabinetito al cual había quitado las hojas de la puerta, y el que se distinguía, por ende, en cuanto se levantaba el oortiuón del cuarto de trabajo. En una y otra estancia veíanse, si no muchas, m u y escogidas obras de arte. Desde luego llamaba la atención del visitante, colocado sobre u n atrilillo, u n devocionario alemán, u n Kempis con tapas de plata imitando labores del Eenaoimiento, preciosa edición de 1730 adquirida por la duquesa de Medinaceli en Bélgica y regalada á su gran amigo D. José. Otro mueble atraía la mirada: una arqueta de concha y bronce con admirables embutidos y bellezas de cincel. Encontrábase allí también el anticuario con u n finísimo plato dé porcelana de Sevres, de la princesa de Lamballe; u n grabado en cristal con figuras del siglo pasado, de exquisita factura; unos vidrios rafaelescos, que son u n a verdadera filigrana; u n dibujo inédito del malogrado Valeriano Beoquer; una virgen y u n tríptico pequeño de bastante valor arqueológico; varios retratos de Cervantes, Lope, Calderón y Quevedo; diferentes copias al agua fuerte de Velázquez y Eafael, y alguna mancha hermosísima del acuarelista romano Camba. Una caprichosa lámpara colgante completaba el decorado de las dos habitaciones. Sabida es la manera como dicen los franceses, de Castro y Serrano: la característica de su literatura suave, dulce, apacible, niuy mansa, de exquisita correoeión, y singularmente de u n encantador y peculiar gracejo. Sus novelas y artículos poseen u n atractivo inmenso por su sencillez, por su regocijo, por su naturalidad; era u n estilista sonriente, gozoso, amono, meridional hasta la médula. Nadie ha olvidado su discurso de ingreso en la Academia de la Lengua, que cayó sobre la grave Corporación como u n aura primaveral; su despacho respondía á esa su idiosincrasia franca y abierta: es pulcro y risueño. Tenia fama Castro y Serrano de sin igual cuentista; en la conferencia que yo celebré con él no podía faltar el chascarrillo, y no faltó. Era en invierno, y creyendo haber dejado el sombrero en la percha, fui á cogerlo, encontrándome con que no estaba allí, y sí en el gabinete. Eso me recuerda u n caso m u y chusco, me dijo entonces D. José. Vino á visitarme en cierta ocasión u n mi amigo que nunca gastaba capa, y el día en que por excepción la trajo, se marchó olvidándosela en la percha. Pero arriba otro después que jamás soltaba tal prenda, y que por casualidad no la soportaba entonces sobre los hombros, sin duda por hacer u n a mañana hermosa; al retirarse ve en la percha la capa del otro, y creyendo que él había salido con ella á la calle, se la llevó puesta tranquilamente. A los pocos minutos llega desolado y trémulo el dueño de la capa, el que para mayor apuro se marchaba aquella tarde de Madrid, y pone en claro lo ocurrido. ¡Y yo que no sabía dónde habitaba el usurpador! Gracias á que antes de la partida del tren, el segundo distraído notó el error y lo deshizo. jCómo se reía el pobre D. José al recordar el lance en aquel despacho de su primera familia! Porque Castro y Serrano tenia tres, y me apresuro á aclarar el concepto en obsequio á su honrada memoria. La suya propia, sus buenisimas hermanas; la de la duquesa de Medinaceli, esa ilustre dama de tan exquisito talento y tan gran corazón, que sin necesidad de u n Augusto que la estimule, es la generosa Mecenas de cuantos h o y se cobijan bajo la bandera del Alte, y en el palacio de la cual era Castro y Serrano el consejero áulico, y la de Pabié, en la que se le consideraba como u n hermano soltero del docto exministro que gustara de tener casa aparte. La literatura queda huérfana de u n a de sus raejores plumas; los que le trataban se quedan sin u n amigo de verdad. E n el mismo despacho, la fotografía del cual publicamos, estuvo expuesto sin vida el cadáver del que tantas veces lo alegró con sus chispeantes palabras; en él le hirió la muerte bruscamente. Para cuantos conserven, y serán muchos, la