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Problema es éste que a u n q u e pueda plantearle cada cual en su propia mesa, no se resuelve, ciertamente, colocando soldados, sino plantando en los puntos estratégicos aquellos bien sonantes cartuchos de que se servia Perico el empedrador. Hoy por hoy, conviene tener ante la vista el mapa de Cuba. Mas para que le dé bien la luz del sol, conviene ir á mirarlo en el corro de la Bolsa, en el patio del JBanco y en las antesalas de Hacienda y de Ultramar. El primer acto de la guerra ha terminado con u n efecto escénico tan grande y colosal com. o el relevo del general Martínez Campos. Empezará el segundo entrando por el foro el general Weyler. T hasta que llegue este momento, claro es que nos encontramos en uix entreacto, y es m u y natural, por consiguiente, que despierten más interés los bastidores de la guerra que la guerra misma. Para ésta guardamos todos nuestros optimismos. Esa letra simbólica y morrocotuda, esa inicial del general en jefe, d é l a cual tanto y tan ingenioso partido sacaba Mariano de Cavia en su articulo de El Imparcial, expresa bien á las claras que la segunda fase de la guerra ha de ser distinta en todo de la anterior, pese al viejo refrán de que nunca segundas partes fueron buenas La misma lisonjera opinión de su inicial debe de tener ol general en jefe, cuando lleva la barba con arreglo á las líneas de la W. Weyler, Martínez Campos Dos generales distintos, y dos iniciales distintas también. Porque, ¿qué es u n a M sino una W vuelta del revés? ¿T qué es u n a W más que u n a M abierta hacia arriba? Abandonémonos á nuestro optimismo, y viendo hacia lo alto las úes de corazón digamos con el oficiante: ¡Sursum- corda! ¿Esquilo el perro? e i decir, ¿disuelvo las Cortos? se pr? guiita el presidente del Consejo en sus ratos de ocio. -Hombre, por mi, ¡esquílelo usté! responde el país encogiéndose de hombros con la más glacial indiferencia. Y es natural: porque ese perro, como los pasados perros colegisladores, no han sido nunca de la nación. El divorcio entre éste y las Cortes cada vez está más patente, y n o habría n i n g ú n padre de la patria que se sometiera políticamente á la investigación de su paternidad. De ahí que el problema de la disolución, pese al famoso y ya olvidado mensaje de los republicanos, y pese también brío con que D. Práxedes se apercibe á defender lo que es suyo, no pase de ser u n tópico del cual echan mano los diarios cuando no tienen otros Maceos de qué t r a t a r D. Antonio se niega á gobernar con las Cortes actuales, como se negaría cualquiera á vestirse con ajena ropa, máxime siendo mayor el difunto, porque Sagasta es más alto que Cánovas, y Aguilera que Cos G- ayón, y Maura, por de contado, más que Tejada Valdosera. Claro es que D. Antonio no tuvo más remedio el año pasado que apechugar con la ropa parlamentaria que D. Práxedes le dejó con toda la herencia fusionista; pero mal haría en volvérsela á poner, ahora que tienen paño nuevo y sastre suyo, porque ahí está, sin ir más lejos, el ministro de Grobernación preparando los cartabones (vulgo gobernadores de provincia) y cortando patrones en la propia ley electoral. ¿Ni cómo, a u n q u e D. Antonio quisiera, habían de servir para los usos actuales unas Cortes elegidas en Marzo del 93? Con lo pronto que aquí pasan las modas, esa ropa está ya imposible. D Práxedes, sin embargo, defiende las Cortes actuales, sueña con ellas y no las suelta á tres tirónos; mas ese mismo celo será causa de su desgracia, porque una noche de éstas se va á encontrar con que le atracan en una esquina, le ponen al pecho u n decreto de disolución de siete muelles, y habrá de soltar, mal que le pese, la preciada carga fusionista, que afortunadamente para él llevó siempre debajo del brazo. De todas suertes, y dada la general indiferencia, el acontecimiento será considerado como u n atraco vulgar, del cual darán breve cuenta los diarios en la sección de Sucosos LUIS R O Y O D I B U J O S B B GIL LA VILLANOVA