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LA VISION D (FRAGMEN- TOS Era la lioi- a de los maitines en el viejo templo de Padres Agustinos. Taciturnos y soñolientos, la capuolia vuelta sobre la faz rugosa, y con los brazos en las flotantes mangas escondidos, por el gótico claustro del convento los frailes avanzaban hacia el coro. Las moribundas lámparas q, u 6 ardían de trecbo en treobo, el claustro iluminaban con esa claridad tibia y confusa más espantable que la misma sombra. Y allá lejos, muy lejos, y en el punto do se perdían sus inciertos rayos, como en el lapso, perceptible apenas, en que la luz crepuscular se extingue y cede el paso á las nocturnas boras, próximo al muro, tosco crucifijo de colosal tamaño descollaba, despertando en el alma esos terrores vanos, pero invencibles, que el silencio forja en la obscura soledad. El claustro quedó poco después desierto y mudo, y entonces un humilde religioso de su celda salió. Cual si cediese á irresistible impulso, ante la imagen del Santo Redentor, que en la penumbra sus enclavados brazos extendía, con sorda agitación cayó de hinojos; ronco gemido levantó su pecho, como levanta las dormidas olas del mar la tempestad; copioso llanto rodó por sus mejillas descarnadas, y reclinando en la marmórea piedra su demacrado rostro, oró un momento. El preludio del órgano, inseguro, débil y torpe cual la voz del niño que la palabra indómita balbuce, súbitamente interrunapió el reposo del sagrado retiro, y la profunda contemplación del afligido hermano. Sacudió la cabeza cual sacude el caminante su nevada capa cuando al hogar hospitalario llega, y arrojando de sí los pertinaces recuerdos, suspiró, besó contrito la helada losa, y penetró en el coro. El faltaba no mis. Saludó el ara con fe devota, y ocupó su asiento en la esbelta y tallada sillería donde esculpió la primorosa mano de hábil artista el trágico poem. a; de nuestra santa Redención. La roja y amortiguada llama de los cirios, que junto al facistol se consumían con áspero y tenaz chisporroteo, alumbraba la augusta ceremonia. El órgano, hasta entonces vacilanto, rompió, como ruidosa catarata, en raudales de mística armonía, y cual aves que salen do sus nidos al llamarlas el sol, en tropel la alta be ya graves, ya sxim Después el rezo co: sin alterarse el rec el unísono cántico á Dios las almas p del mundo y de su Qaién no siente d los ojos? Quién nc cuando en la navo con la tei riblo maj