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Jiménez no contestó. Miró al soldado, y se encogió de hombros. Pero la muchacha no pedia apartar de ól sus Ojos. La imjjresionaba ver que á aq uel hombre no se le acercaba u n alma, que nadie iba á- decirle adiós. ¡Pobre chico! volvió á decir. -Es u n papanatas que está siempre pensando en la mona de Pascua, contestó el sargento. ¡Infeliz! Nadie viene á despedirle. ¡Bendito Dios! -Es un expósito: ¿quién ha de venir? La muchacha se fijó bien entonces en él, y dijo sin poder contener las lágrimas: ¡Pobrecillo! ¡Y pensar que también ha tenido madre! -Ya, ves: cosas del mundo, añadió Jiménez; y los dos miraron con cierto interés á Sebastián, que en aquel momento casualroente los miraba á ellos, pero que inmediatamente desvió la mirada con cierta timidez. La señal de embarque sonó, y las tropas se prepararon á ello con orden completísimo. El sargento Jiménez apretó por última vez la mano de su novia; ésta vio á Cabezota, y en u n arranque natural y propio de la mujer del pueblo, tiró del pañuelo de seda que llevaba al cuello, y se lo entregó al soldado, que dando las gracias se lo guardó cuidadosamente en el bolsillo, mientras el sargento le decía: ¡Vamos, que no te quejarás de las buenas hembras! El buque partió, aclamado por nutridos vivas al Ejército y á España, á los que los soldados contestaban con enérgico entusiasmo. Sobre cubierta veíanse las cabezas, todas con rostro alegre. Las manos y los sombreros se agitaban al aire hasta que el último vapor se alejó de las costas de la madre patria. La guerra estaba en todo su apogeo. Las huellas de los españoles se señalaban por laureles sobre los campos de batalla contra las tenaces y fieras huestes marroquíes. Pero la ferocidad de raza, alimentada y sostenida, por una religión semibárbara, no podía detener el incontrastable empuje del heroísmo consciente de otra raza más enérgica y noble, de más altos ideales y envuelta en la aureola de una gloria secular. España, con el oído atento y el corazón tranquilo, escuchaba el estruendo de las victorias, y u n llanto de honor caía sobre los héroes muertos. La bandera española, flotando sobre el ele vado mástil, despertaba en los mares de ambos continentes los recuerdos de Oran y de la Goleta, á los que se asociaban las sombras gigantescas del Gran Cardenal y de Carlos I Era al caer la tarde. U n a sección de caballería iba á la descubierta explorando las avanzadas del campamento moro, cuya situación, al abrigo de u n espeso bosque, convenia conocer. De repente vióse salir de entre la arboleda un compacto pelotón que hizo á los nuestros u n a descarga, intentando lan zarse contra ellos dando gritos salvajes. El teniente ordenó cargar á los marroquíes, que se dividieron en dos grupos: uno de ellos se internó en el bosque, y el otro continuó! perseguido pornuestros coraceros. De éstos cayó repentinamente u n caballo á tierra: estaba herido en el pecho, y arrastró al jinete, que (luedó asi separado de sus compañeros. A los pocos instantes u n a veintena de bárbaros se lanzó sobre el caído, al que uno de aquéllos iba á asestar u n a terrible cuchillada con su gumía; pero u n tajo le partió la mano. Un soldado acababa de llegar al galope, lanzando el caballo sobre el pelotón y repartiendo certeros mandobles con terrible rapidez. Los moros se desplegaron en guerrilla haciendo fuego al soldado, y huyeron en seguida á la aproximación de nuevas fuerzas. sv- -Gracias, Caíezoia. Si no es por ti, me escabechan. -Déme usted la mano, mi sargento. Oreo que estoy herido. ¡Herido! ¡Ah perros! Cabezota había salvado la vida al sargento Jiménez. Éste aj udó rf. á apearse á su salvador, que al esfuerzo lanzó una bocanada de sangre. Sebastián, ¿qué es eso? -Que me voy, sargento; no hay más. El sargento Jiménez, sintió una sacudida en el corazón, como si aquella sangre saliera del suyo. ¡Sebastián! ¡Sebastián! decía cogiendo cariñosamente aquella Mcabeza de que tanto se había burlado. Vio la mansedumbre pintada en aquel rostro que tantas veces había injustamente ofendido, y gritó con voz que se le ahogaba en la garganta: -Sebastián, ¿me perdonas? ¡Qué cosas tiene usted! contestó el infeliz Cabezota con voz casi ininteligible y sonriendo. ¡Perdóname, perdóname! seguía dicióndole Jiménez. Dame u n recuerdo tuyo como prueba de tu perdón. CííAezote levantó los brazos con u n esfuerzo supremo, atrajo entre sus manos la cabeza del sargento, le. besó en la frente, y expiró. M. F E E R E R Y L A L A N A DIBUJOS DE BSTBVAIf