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CABEZOTA Casi no se le conocía más que por este apodo en el escuadrón, y al mozo le parecía la cosa más natural del mundo. Era más bien alto y delgado, con una cabeza enorme, colosal. Hombre de pocas palabras, Sebastián Expósito, que asi se llamaba, era u n buen soldado, sólo que alguna vez se quedaba como ensmiismado, y si en tales momeatos recibía de u n superior u n a orden que no era rápidamente cumplimentada, y el superior era el sargento Jiménez, el pobre Cabezota recibía una guantada que le sacaba al punto de su abstracción. ¿En qué estará pensando este mostrenco? decía Jiménez después de la contundente advertencia, ¡Como si esa cabeza pudiera pensar en algo! Lo cierto es que si el pobre mucliaclio no tenía gran cosa que agradecer á la Naturaleza, tampoco debía estar m u y satisfeclio en general de sus semejantes. Desde la Inclusa pasó al Hospicio, y desde éste al cuartel, manteniendo siempre erguida por todas partes aquella gran cabeza, sobre la que hablan caído, desde la burla del compañero de asilo, hasta la bofetada del sargento Jiménez. España había declarado la guerra á Marruecos. Nuestro siempre valeroso ejército so apercibía gozoso para lavar con sangre el ultraje hecho á la bandera. E n los puertos andaluces, donde se hacia el embarque de tropas, el entusiasmo rayaba en el delirio. Era en el muelle de Cádiz. Jja muchedumbre se apiñaba, palpitante de emociones varias. Se presenciaban escenas desgarradoras, sí, pero u n momento no más, se momento en que la madre pronuncia el ¡adiós, hijo mió! Después el sollozo estalla, las lágrimas corren abundantes, y el iris deslumbrador aparece con los colores rojo y gualdo, prometiendo próximas bienandanzas. El hijo parte alegre entonando regocijadas canciones, y la madre queda tranquila como una espartana, diciéndose: Para eso le crié: para que fuera buen hijo y buen ciudadano. Todos los soldados de la expedición que embarcaba aquel día se llevaban algún recuerdo, desde la imagen de la Virgen hasta el beso de amor. Pero digo mal: todos no. AHÍ estaba Sebastián, que también partía, contemplando con su habitual inexpresión la común alegría. El casco le cubría la cabeza como u n capitel. A pocos pasos de Cabezo. ío, el sargento Jiménez bro, meaba con una garrida moza l que entre risa y risa llevábase frecuentemente el pañuelo á los ojos. r. Ji, s a c c- ¡Qué solo está aquel pobre! dijo mirando á Sebastián, que apoyado en u n guardacantón miraba al suelo, presa sin duda de sus conocidas abstracciones.