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sino por la oculta fuerza de las palancas políticas que hipócritamente lamieron su pedestal sólo para afianzarse en él, convirtiéndole en punto de apoyo. Contra el general Martínez Campos clamó la opinión; contra el general Martínez Campos clamó la prensa; contra el general Martínez Campos se levantó unánime la impaciencia vengativa de la patria; pero como el general era lo más sólido que por acá temamos, supo resistir á la opinión, á la prensa y al espíritu patrio. Bueno; pues lo que no pudimos entre todos, lo pudieron con sólo abrir la boca cuatro politiquillos de por allá. Ya vamos comprendiendo los que no hemos estado en Cuba que la manigua es mucho más vasta de lo que dicen. Leyendo los partes de la campaña, nos maravillamos de que corran tanto los caballos de Quintín Banderas y los músicos de Máximo Gómez y la impedimenta de nitroglicerina de Eoloff. Pues qué, ¿no corren todavía más los señores políticos de la Habana? Hoy nos dicen que ante el interés supremo de la patria se unen como u n solo hombre autonomistas, reformistas y constitucionales, y mañana están á mil leguas unos de otros. ¡Oh táctica filibustera de la diseminación y concentración alternativas, según las conveniencias del propio cosechero! Eeúnense todos en imponente manifestación para expresar su confianza y adhesión al general, y apenas éste se ha retirado del balcón, cuando ya gritan las turbas de la calle: ¡Talle, tolle, crucifixe! Vale más dejar el arreglo de este embrollado asanto al general Weyler, que, á Dios gracias y para su bien y el nuestro, tan pocas simpatías inspira por allá. Y volvamos á la Península, donde el relevo del general Martínez Campos causó efecto inmediato, como era natural, en las esferas del Gobierno. El duque de Tetuan abandonó su puesto más que á paso (porque fué á pazo de la merced) y las miradas se fijaron en seguida en el ministro de Hacienda, cuya calva respetable estaba llamada á desaparecer del Gobierno como la medía luna de la culta JEuropa. ¡Que se arranca Navarro Reverter! ¡Que no se arranca! ¡No te tires, Eeverte! debió decir alguno; y en efecto, el ministro permaneció en su sitio desafiando la pública maledicencia. Esta se mostró despiadada con el aludido consejero, y sin razón alguna, porque bien dice el refrán: Hacienda, tu dueño te vea. Mas ello es que el vulgo seguía discurriendo de este modo: -Si ha salido el duque, que era hechura de Martínez Campos, debe salir Navarro líeverter, que es hechura del duque. Olvidaba el vulgo que entre ministros no se cobran hechuras. No resultó, por consiguiente, de la última crisis más que lina cartera vacante: la de Estado. ¿A quién darla en estas circunstancias? Tratándose do tomar Estado parecía lo natural que el Sr. Cánovas se fijase en cualquiera de los amigos en estado de merecer mas para evitar desengaños á los pedigüeños y ahorrar disturbios entre la gente moza, subió al ministerio el Sr. Elduayen, quien, según confesión propia, es ésta la séptima vez que j u r a el cargo. Pues nada, señor marqués, buena mano para alcanzar la octava. Quedaron n u e v a m e n t e desairados los chicos ministrables de la situación, y- convencidos de que estos cambios de Gabinete no favorecen á los chicos políticos, sino á los chicos de la calle, que á dos por tres surgen por ahí vendiendo hojas extraordinarias. ¿Cuándo se decidirá la autoridad á reprimir este abuso de la falsa prensa decretando la recogida de una de cualquiera de las hojas quo se gritan todas las tardes por ahí? ¡De una hoja! Asi dicen también los naipes, en los cuales há tiempo que no se fija tampoco la autoridad. LDIS E O Y O DIBUJOS DK CILLA VILLANOVA