Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
mejor cuarto de la casa, donde se recogiese á dormir. Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noolie, esperando con impaciencia c ue rayase el alija para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando apareció, ya descansado y sonriente, para tomar el desayuno, nada habló do marcharse, ni tampoco á la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su conversación y su labia, no tuvo valor para decirle que ella p, no era mesonera de oficio. Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño, más amo que aquel viajero (á quien en u n a noche temI pestuosa tuvo la imprevivr sión de acoger. É l mandaba, y Marta obedecía sumisa, muda, veloz como el pensamiento. No creáis por eso que Marta ora propiamente feliz. Al contrario, vivía en constante zozobra y pena. H e calificado de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor traían á Marta medio loca. Al principio el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero, h u m i l de, pero fué creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien parase con él. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle el deseo n i precaverle la desazón: sin motivo ni causa nos debía temerse ó esperarse, tico ó contentísimo, pasando halago, y de la risa á la rabia, decía arrebatos de furor y berrinches injustos é insensatos, que á los dos minutos se convertían en trasportes de cariño y en placideces angelicales; ya se emperraba como u n chico, ya se desesperaba como u n hombre; ya hartaba á Marta de improperios, ya la prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas. Sus extravagancias eran á veces tan insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través y el corazón á dos dedos de la boca, maldecía mil veces el fatal momento en que dio acogida á tan terrible huésped. Lo malo es que él, cuando j u s t a m e n t e Marta, apurada la paciencia, iba á saltar y á sacudir el yugo, no parece sino que lo adivinaba, y pedia perdón con una gracia, una sin- ceridad y una ingenuidad de niño, y Marta, no sólo olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que por el exquisito goce de perdonar sufriría tres veces las pasadas desazones. jQué en olvido las tenía puestas la noche en que el huésped, á medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció que ya había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas que la arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y m u r m u r a b a en voz baja frasecitas de escribir, de volver, de recordar, amargura, balbucía reproches, el z de tenor dulce y vibrante, alegó Bien te dije, n i ñ a que soy u n ro no me estaciono; me poso, no ber que sólo al oir esta declaración e se desgarraban las fibras más ínla inocentona de Marta q u e aquel fatal viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al tirano cruelísimo del orbe. Sin hacer caso del llanto de Marta ¡para atender á lagrimitas está él! sin mirar el rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fué, embozado en su capa, ladeado el chambergo, cuyas plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente, en busca de nuevos horizontes, á l l a m a r á otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de alarmas, y entregada á la compañía de la grave y excelente reflexión, que tan bien aconseja aunque un p o q u í H o tarde. K o sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón, que la duele á fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por si llama á la puerta el huésped. EMILIA P A R D O BAZAN DIBDJOS DK A l i B E R T I