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tor Jameson en Transvaal. Vn enemigo con quien nadie contaba, la orquesta, se nnió como u n solo contrabajo: hubo tacto de clavijas unisono general y cierre de fundas. ¿En qué quedamos? exclamaba el presunto empresario. -En que la cuerda está enfrente de usted, y la madera lo mismo; pero si usted cuenta con el metal, no hay nada de lo dicho. Hubo quien aconsejó al Sr. Kozaya que abriese el teatro, aunque hubieran de cantarse las óperas á palo seco. Y algún impaciente añadió: ¿Para qué la orquesta? Los abonados pueden silbar la partitura, y cada cantante que entre cuando le toque. Todo el azúcar de remolacha que hizo la fortuna de lepetü sucrier sería insuficiente para endulzar las amargas consideraciones á que se presta la muerte del rico cuanto infortunado Max Lebaudy. Caliente aún el cadáver del incauto jovenzuelo á quien Dios castigó haciéndole archimillonario, es tal la infecta gusanera que en t o m o del ataúd fermenta y se rebulle, que hay para abominar por siempre de la riqueza y del azúcar. Aquellos mmtres chanteurs que en ingenioso caleinbourg se citaban, cuando el P a n a m á grande y el mediano y el chico, han vuelto á aparecer con motivo del difunto azucarerito, que ha podido exclamar á su muerte: Mis funerales serán amargos bien asi como dijo Alejandro: Mis funerales serán sangrientos El pobre Lebaudy, atiborrado de millones, fué soldado de caballería, pero no aprendió á parar los sablazos; el cliantage, esa asquerosa enfermedad de la prensa, se apoderó de él y de su libro de cheques; como su fortuna era de azúcar, todas las moscas acudieron á ella. Importantes periódicos de París, escritores ilustres y hasta insignes escritoras, aparecen complicados en esa confabulación contra el opulento soldado. Hubo u n tiempo en que la prensa parisiense no pudo cogerse ni con tenazas. Ahora no va á ser posible cogerla n i con las tenacillas del azucarero. No atravesamos días de júbilo, pero sí días de jubilaciones. La gente joven se reúne para pedir á les Poderes públicos que se muevan las escalas, que se vaya cortando por arriba, que salten los tapones y haya acomodo para los recién venidos. Harto complicado es este problema de los derechos de la juventud para ser tratado en u n a cuartilla; mas el grito injusto é irrespetuoso de ¡Fuera los viejos! creo que debe sustituirse por este otro más práctico y acomodado á las circunstancias: ¡Enera los inútiles! Si en la cara está la edad y no en la partida de bautismo, tampoco la j u v e n t u d está en los pocos años, sino en la frescura y fuerza de las obras. ¡Mil rayos en la vejez regañona, egoísta y ohtura (lora, pero mil rayos también en la j u v e n t u d pretenciosa é iconoclasta! ¿Quiere la j u v e n t u d saciar su cmcianofohia? Ahí tiene á la política española, lo más viejo y caduco que tenemos por acá. Casi desde los tiempos de D. Baldomcro disfrutamos los mismos perros, idénticos collares, los propios ladridos y las mismas pulgas. LUIS ROYO VILLANOVA nE CILLA