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-D e í onni y numera, sigue diciendo BdrnarJina, que c u a n d) íbamos á salir, se puso á dar gritoá y á revolcarse en el suelo porque no podía arrojar- ¡Pobrecito! dice u n tertuliano. -Y parj, podernos venir, lie tenido que dejar en casa á la portera á fin de que le ciiide. ¡Cuántos liisgiistos dan los hijos! -i Mucho? 1 agrega D Quintín. ¿Y qué hay de cosas? ¿E í verdad que ha veni lo Maceo? ¿Qué Maceo? -E l de Cuba. H o y me han dicho en la oficina que había llegado á España dentro de u n saco do canela. ¿Con qué fin? ¡H o m b r e vendrá á ver si recoge prosélitos para la insurrección! P o r de pronto, se ha descubierto un club de separatistas en la calle de la P i n g a r r o n a ¿No saben ustedes nada? P u e s sí señor: parece que han sido sorprendidos varios negros y mulatos en el momento de disponerse á dar el grito. E n tre los detenidos hay cuatro limpiabotas y cinco carboneros. L a reunión del café se va animando poco á poco. Bernardina toma parte en todas las conversaciones y emite su opinión autoriz ida, y no tiene inconveniente en seguir la broma cuando se inicia algún asunto picantp; porque es lo que dice D Q u i n t í n -U n a casada puede oirlo todo, y no se va á escandalizar por eso Mientras reina la animación en la tertulia del café, el niño de D Quintín y de Bernardina se agarra al cuello de la portera para ver si consigue arrojar las bellotas. Los otros niños ponen el grito en el cielo, y el chiquitín se cae de la camx dos veces y rompe el vaso dé noche con la cabeza. H a y muchos matrimonios. como el que acabo de presentar á ustedes: matrimonios a m a n t e s que se divierten todo lo posible; que se hermosean y se solazan, sin cuidarse poco ni mucho de la prole; que tienen hijos como quien tiene un galápago, y que no pueden comprender cómo hay padres que se sacrifiquen por sus pequeñuelos. ¡P u e s no faltaba m á s! dicen estos matrimonios felices. ¡Primero somos nosotros! Y marido y mujer pasan fuera del hogar la mayor parte del día, mientras los niños, abandonados á su triste suerte, andan por casa en cueros vivos, con la cara llena de chafarrinones; pero no por eso deja de decir la m a m á á cada m o m e n t o ¡A y qué hijos! ¡Cuántos disgustos ocasionan! Yo siempre aconsejaré á los que se casan que no t e n gan familia. Luis T ABO ADA niBüJOB nj) M K C A C n i S