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Para muchas personas, el ma ii- i iionio es una desgracia irre. j; üable. Para D. Quintín y usli. Bernardina su esposa el matrimonio es la felicida i, es el encanto de dos seres, macho y hembra, que viven p rpetuamento unidos y pi nsan con ua solo cerebro y se nutren con unos mismos garbanzos y so abrigan con una manta, única c indivisible. D. Quint n y Bernardina han dado fruto: cuatro hijos de ambos sexos, que parecen cuatro corderos desollados. Entre todos ellos no pesan dos arrobas, y el mayor especialmente, más que un ejemplar de la raza humana, parece un mosquito de trompetilla. Verdad es que comen mal, pero muy mal. De desayuno, café con leche de ovejas y la cuarta parte do un panecillo; á la una, patatas fritas; por la noche, trece ó catorce garbanzos cada uno y toda el agua que quieran beber. Es lo que dice D. Quintín: -No conviene cargar mucho el estómago de las criaturas, porque se pueden poner malas. D. Quintín, siempre que regresa del ministerio, procura excitar el hilago de su esposa comprándolo cuilquier golosina: ó una batati de Málaga en dulce, ó un polvorón de Sevilla, ó un manojito de boquerones, ó un ramito de pasas. Los niños, entretanto, se entregan á los juegos propios de la edad, y se relamen silenciosamente cuando ven á la mamita devorar con júbilo el obsequio del papaíto. Todas las noches ¡ya se sabe! los niños, después de comer sus catorce garbanzos, se meten en la cama, y los papas cogen sus abrigos y se v. m al café, donde les espera una numerosa y divertida tertulia. Ni D. Quintín ni su esposa son aficionados al teatro. Lo más que hacen es ir á ver el Tenorio el día 1. de Noviembre; pero en cambio que no les priven del café, que no les condenen á quedarse en casa. L i tertulia del café constituye la delicia suprema de este matrimonio amantísimo j juelguista. -Buenas noches, señores, dice la esposa de D. Quintín al entrar en el café, dirigiéndose á sus compañeros de tertulia. -Buenas noches, contestan éstos estrechándose todo lo posible para que se coloque cómodamente el matrimonio. ¡Vaya una nochecita que hace! exclama D. Quintín. -Vienen ustedes un poco retrasados, dice uno de la tertulia. ¡Galle usted, por Dios! replica la esposa de D. Quintín. Ei que ha inventado los hijos no supo lo que so hacía. ¡Ay, qué mortificación de criaturas! ¿Qué pasa? Oomo mis hijos son tan glotones, han estado toda la tarde comiendo bellotas, porgue nos han traído, un cesto de Extremadura, y el mayor ha cogido un cólico horrible. ¡Horribilísimo! añade D. Quintín. M