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POETAS DE LOS CANTARES ALFONSO Me dijo una desgraciada: ¿Por dónde iré al liospital? Y le contesté riendo: -Por el camino que Yas. Puse el cañón en mi frente, cayó el gatillo en silencio ¡No q UÍso salir la t) ala por miedo á mis pensamientos! ¿Caíste? ¡Pues á luchar! ¿Ya luchas? ¡Pues á vencer! ¿Venciste? ¡Pues á pensar en no volver á caer! Una casita en el campo, una mujer q ue me quiera, u n barril de vino añejo, y después ¡que lluevan penas! P r e g u n t a en la joyería si te pueden devolver los colores que tenías. Me hinqué el cuchillo en el pecho, y me dio mi sangre envidia ¡La vi correr á tu casa, mientras que yo me moría! Porque á mi madre ofendieron lavé la ofensa con sangre, y u n juez me manda á presidio, ¡cuando él también tiene madre! Dices que sin corazón es imposible vivir. Si yo supiera reírme ¡qué ocasión para reír! T u madre á mi no me quiere, ni la mía á ti tampoco. ¡Esa es la causa, más grande para querernos nosotros! No hay valor en este mundo que á mi valor se compare; aún estoy sobre l i tierra, ¡y vi morir á mi madre! Quiéreme poquito á poco, que el amor que da más fuerte es el que muere más pronto. A u n amigo le pedí u n duro para u n apuro. Si reviento, estoy seguro que, mucho más que por mí, lo sentirá por el duro. ¿Quieres mucho á t u éiujer, y se lo dices? ¡Pues hombre, lo estás echando á perder! Tus ojitos y los míos se decían ayer tarde: los míos: ¿Puedo pasar? y los tuyos: ¡Adelante! Si por cada desengaño fuera feliz u n minuto ¡qué pocas penas B i o s m i o me quedaban en el mundo El querer sin ei queiido es una pena muy grande, ¡pero es más pena morirse sin haber querido á nadie TOBAR A m i casa has de llegar, y no te abriré la puerta, y me sentirás llorar. P o r hacerme fuerte, me fui sin mirarla y toda la noche la pasé llorando iunto á su ventana. ¿Qué tienes, pastora? Dimelo, ¡por Dios! Las penitas tuyas, no son sólo tuyas, que son de los dos. Yo he visto en u n mismo árbol, cantando, u n pájaro arriba; comiendo, u n borrico abajo. Ojitos azules son los que yo quiero, que los ojos negros, cuanto más hermosos, me causan más miedo. Su cara de rosa cubrieron de tierra: ¡tal vez esas ñores que brotan del nicho son suspiros de ella! ALFONSO T O B A R DIBUJO HE F E D R R I C O