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Yo te sido militar, y con el grado de primer teniente partí á guerrear ón una de las colonias qué sé stiblevaron Contra la madre patria. Antes de salir á operaciones vi en la capital de aquella isla Tina mujer que dejó u n a estela de luz y de sentimiento en mi alma; pasó ante mis ojos en su coche como pasan las ilusiones por el espíritu, iluminando su fondo, y la vi perderse á lo lejos como se pierde una esperanza, sintiendo en el corazón el peso de la tristeza. Salí á operaciones á los pocos días, y cuál no seria mi asombro al pernoctar en u n ingenio y ver que era su dueña mi bella desconocida; me recibió con tanta deferencia, con afecto y distinción tan señalados, que yo creí logradas mis esperanzas. Me habló con gran entusiasmo de mi patria, y me persuadió que allí no había peligro y que podían acampar las tropas algo separadas del ingenio, porque la molestaba el bullicio de la soldadesca. Yo obedecí sus órdenes electrizado por el fuego de sus miradas. Cenamos juntos, brindamos por el triunfo de nuestras armas, y me retiré á descansar, prometiéndome declararla mi amor antes de separarme de su lado. Me desperté en lo más profundo de mi sueño: dos negros me oprimieron, me amordazaron y me ataron los brazos y las piernas. Entonces apareció á mi vista aquella mujer funesta. L a expresión de su rostro era al mismo tiempo feroz y hermosa: parecía el ángel de la venganza mirando siniestramente á su victima. j. Se aproximó hasta mí, y me dijo con voz ronca y expresión satánica: -Mi marido es el jefe de la insurrección, y al matar á sus enemigos doy pruebas del amor que le- profeso. Desde aquel momento perdí la noción de la realidad; sólo recuerdo que fui conducido en hombros, que mi cuerpo volteó en el espacio, rebotando entre 1 duras peñas Después me dijeron unos aldea I nos que me habían encontrado suspendido en los breñales de u n h Í l precipicio, y creyendo que yo era indígena y que allí me habían arrojado las tropas invasoras, me hicieron la ingrata merced de conservarme la vida, si puede llamarse vida ésta que sufro con el cuerpo mutilado y enfermo y el alma desengañada, á tal extremo, que habiéndome dado por muerto los boletines del ejército, no he reivindicado m i personalidad porque no quise arrostrar la vergüenza de mi engaño y de mi vencimiento; de suerte que en u n instante perdí mi salud, mi amor, mi existencia legal, todas mis esperanzas, todas mis ilusiones, mi vida entera, y -ahora no soy más que u n pedazo de carne sin nombre, sin porvenir, sin pasado, sin presente r ft Cuando el desdichado se disponía- á marcharse, le dijo el anciano: ¿Quiere usted ver á mi pobre hija? El mendigo sintió cierta curiosidad extraña, y entró en la habitación contigua, donde vio sentada en u n sillón de madera á una mujer todavía joven, pero horrorosamente demacrada: el ojo derecho le tenia cerrado por la parálisis, la mano derecha crispada, el brazo y la pierna de aquel lado inmovibles. A l v e r al inválido, se sonrió estúpidamente y aumentó en ella la feroz expresión del idiotisnlo; el mendigo la miró con tranquilidad, sin alterar su ordinaria indiferencia. Aquellos despojos de la vida se miraron con la santa calma con que deben mirarse las almas después de la muerte. De allí á pocos momentos el pordiosero, al bajar las escaleras, iba diciendo al compás de sus muletas: ¡Es ella, es ella! RAFAEL TORRÓME DIBCJOS DK A L B K E T I