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la urdimbre era ya lustrosa en las mangas y en el pecho, el pelo se le iba cayendo y el color transformando; el sombrero de copa, más polvoriento cada día, mostraba en algunos puntos erizada la felpa; en fin, cada semana que pasaba traía consigo el filántropo una nota y un signo más de hambre y de amargura. Acaso el mendigo, en sus largas horas de meditación, con aquellos leves datos imaginaba la historia del desconocido forjaba quiebras, engaños, disgustos de familia todo linaje de desdichas, y veía al pobre hombre en su casa acodado sobre su mesa, llorando el bien perdido, la tranquilidad turbada, todas las- j ilusiones marchitas en esa triste edad éh que ya el hombre no espera que vuelvan á reverdecer. Al fin llegó u n día en que el pobre anciano dejó sólo cinco céntimos en el sombrero del mendigo, y al día siguiente no hizo más que mirarle y seguir m u y triste su caming sin darle limosna alguna, bajando ios ojos con cierta vergüenza por aquella triste confesión. El pordiosero le siguió con la vista hasta que el anciano dobló la esquina, y por primera vez se conmovieron aquellas facciones con expresión humana, porque el desdichado le miró como al más triste, como al más infeliz de todos sus colegas. Aquel hombre, aunque nunca le había hablado, le había referido su historia con la elocuencia palmaria de los hechos; el mendigo le conocía ya largos a ñ o s y le habia visto en ellos descender lentamente por la horrorosa curva de la miseria; y siempre que el anciano aparecía á lo lejos de la estrecha calle ya caduco, ya maltrecho, ya miserable, arrastrando los pies y con los ojos fijos con obstinación en la tierra, como pidiéndole por piedad que se abriera para enterrarle, el pordiosero sentía profunda tristeza, y las entrañas de aquel dios hediondo se conmovían con impulsos de piedad santísima. Sucedió, pues, que u n día, cuando el anciano llegaba á las puertas de su humilde casa, notó que le tiraban de su raido saco; se volvió prontamente, y cuál no seria su asombro cuando vio al mendigo detrás de él; so apo. yaba el infeliz en sus dos muletas, una alta y otra baja, u n a pierna como u n pingajo le llegaba al suelo, y la otra, V más corta, oscilaba en el aire cómo si fuera u n cuerpo muerto y ajeno al miserable conjunto; el taburete lo traía atrás sujeto por una correa á la cintura, y el sombrero se le encasquetaba por toda la frente hasta la misma raíz de sus pobladas cejas. Fué tan grande el asombro del anciano, que al pronto no supo qué decir, y mientras estaba perplejo, el mendigo le introdujo en el bolsillo un pesado envoltorio. ¿Qué es esto? -Dos mil cuatrocientos reales. Qué dices! -Los que usted me ha dado poco á poco, yo se los devuelvo de u n a vez. Quedóse el anciano breves momentos pensativo, y al Jin dijo: Níi -Subo, El pordioseroy el anciano entraron en unahabitación; allí el pobre hombre refirió al mendigo tedas sus penas, la lastimosa historia de una hija que había partido á lejanas tierras, donde le habia arruinado después de quedar viuda, volviendo al fin á su lado, miserable, paralitica, obligándole á gastar en su salud los escasos ahorros que tenia. Todo esto lo escuchaba el inválido con tranquilidad imperturbable, como el gran veterano en a m a r g u r a s y desdichas, que ya no se conmueve ante n i n g ú n linaje de miserias h u m a n a s Cuando acabó el anciano, replicó el mendigo -Aquí, donde usted me ve, yo también he sido u n hombre, y mis desdichas han mutilado mi cuerpo y mi alma. i iíy