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EL FIN DE UNA HISTORIA J u n t o á u n suntuoso edificio, y en una de las calles menos céntricas de la ciudad, pero más transitadas, había u n hombre horriblemente mutilado implorando los sentimientos caritativos de las gentes; u n a pierna tenía inútil y la otra seca, u n brazo estropeado y el otro no muy sano, amén de tantas cicatrices en el rostro y tal desproporción en su conjunto, que antes q ue u n hombre parecía u n montón de piltrafas animadas por un soplo de vida. Nunca extendía su mano n i molestaba al transeúnte con voces pedigüeñas, sino q ue se erguía m u y grave, sentado en u n taburete, con las muletas a u n o y otro lado recostadas contra la pared y el sombrero delante de él en el suelo, pidiendo por la cavidad de su fondo el óbolo que no osaban implorar sus labios. Parecía el dios de la miseria sentado en su t r o n o mostrando orgullosamente sus lacerías y con grave majestad sus harapos. Todos los días á las nueve de la mañana cruzaba por allí u n anciano de venerable aspecto; desabrochando su gran saco de pieles, sacaba una moneda de diez céntimos, la dejaba caer en M el fondo del sombrero y seguía su caminí) después, á las dos y media de la tarde, volvía á cruzar en sentido opuesto, hacía la misma obra caritativa en igual forma y continuaba su r u t a mientras el mendigo, después de u n a breve inclinación de cabeza, permanecía de nuevo envuelto en su majestuosa indiferencia. D u r a n t e muchos años se repitió sin interrupción esta muda escena, pero observaba el pordiosero que su incógnito favorecedor llegaba cada día más triste; el hermoso gabán de pieles salía todos los inviernos á luchar contra el fiio, y ya no alternaba con aquella capa de embozos obscuros que él tan bien conocía: iba perdiendo el abrigo su elegante forma,