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L almanaque es una institución. Esto, que á primera vista parece un pensamiento de La lioclieíbucauld por lo hondo, es una verdad. La vida, señores, necesita de un reglamento, como el Ejército de unas ordenanzas, como el maestro de unas disciplinas; ¿y qué mejor reglamento para informar los actos de nuestra vida que un calendario? El nos lo jjrescribe todo: nos señala los días de diversión por Carnaval, el apogeo de la gastronomía por Noolicbuena: nos impone las espinacas y el aleve potaje por Semana Santa: nos hace comer rosquillas de mamposfcería por San Isidro: todo lo íissaliza y á todo nos sujeta. (Irasias á él sabemos el día en que vivimos: los que nos faltan para acabar el mes, días eminentemente simpJilisos, porque so avecina la paga; por él contamos el plazo que nos da el casero para mudarnos; los que están de d. as; y, sobre todo, llevamos el alza y baja en las efemérides de todos los sucesos más importantes de la historia, muertes, destronamientos, concilios y advenimientos. Adomis, al leer la hoja diariamente, siempre encontramos en su dorso sabios consejos como éste: Si ali uno te habla de enriqueoerse por otro camino qiu; el del trabajo y la eaonomia, no le oreas; es un envenenador. ¿QíLvh hubiera sido del lector aquel día si no se detiene en este pensamiento? Pues á pique de ser víctima de un cnoea. r. Midor. fY qué sería de los murguistas sin el almanaque? ¡Hombres al agua! De donde se deduce que el calendario es una necesidad para todo el mundo, ora para el hombre avasallado por los njgosios, ora para el menestral que cuenta por días sus jornales, ora para el aficionado á descifrarlo todo: charadas, saltos de caballo, tríos enigmáticos, pila de balas y otras armas al hombro; si que también para el autor dramático, que gracias á su concurso puedo saber el día que le gritan. Y oso que los calendarios han perdido mucho. -Mire usted, me decía la otra tarde un señor que va al Diván todos los días, porque no puede pasarse sin ver á Bustillo; los calendarios de ahora no son como los de mi tiempo. Yo recuerdo que entonces había más formalidad para todo; que cuando indicaban lluvia, era cosa de abrir el paraguas: nieve, pues nevaba seguramente; presag iaban buen tiempo, y podía usted impunemente irse á tomar el sol. Bien es verdad que entonces mandaba Narváez, y Narváez hacía todas las cosas muy bien; y sobre todo, que de él no se reía ningún almanaque. Tenía usted todas las estaciones en su sitio los días que marcaban; pero ahora ¡que si quieres! las estaciones hacen de su capa un sayo, y la Prinravera viene en el Otoño, el Verano en Diciembre y el Invierno en Agosto. ¿Y sabe stod quién tiene la culpa do esto? Cánovas, que consiente que El Tiempo sea de oposición. Además, por aquel entonces no había la profusión de almanaques que hoy se usan. Kuestro Calendario Matritense, el Verdadero Zaragozano, y alguno que otro. Pero ahora los tiene usted por profesiones, y cada uno se arregla el tieimpo según su oficio, lo cual resulta bastante cómodo; y los haj para empleados, pai a labradores, para estudiantes, para sacerdotes y para señores solos con asistencia ó sin ella. Por supuesto, que también tiene sus contrariedades; y recuerdo de un pobre señor, y de esto hace muchos años, que hizo un almanaque para la gente del campo en Zaragoza, y como indicara por la época de la recolección un temporal deshecho de granizos y lluvias, fué un baturro á verle para decirle: ¡O suprime usted este temporal y lo traslada usted para otro mes, ó le rompo á usted la cabeza! Y no estoy seguro, pero creo que el individuo aquél no hizo más almanaques para el campo, ó si los hizo serían todos con un tiempo espléndido. A Joaquín Yagüe, el verdadero Zaragozano, sucedíanle en su pueblo casos muy cómicos. E- itre sus paisanos era tenido por hombre do ciencia y gran acertador de los misterios do la Astronomía, y muchas veces que sus paisanos tenían que ir do caza, consultaban el almanaque, y luego, en comisión, iban á ver á Yagüe para decirle: