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MJ Pero las partículas de esa nebulosa, me atreveré á decir que se amaban con ese amor qne en el mundo inorgánico bautizó Newton con el nombre de atracción. Resultó de aquí que las partecillas de la nebulosa se precipitaron unas sobre otras; la nebulosa toda se contrajo, y al condensarse la masa, empezó á formarse el sol. Como qne hay quien opina que la formación del sol es posterior á la formación de los planetas. Pero cuando dos partículas materiales desde largas distancias se atraen y Cada uaa se precipita sobre la otra, al estar ya muy cerca, su velocidad es inmensa; y del choque, que es á la vez infinitamente pequeño é infinitamente grande, resulta una enorme vibración que, transmitida al éter, es calor y es luz. Todas esas vibraciones de todos los átomos que constituyen la masa solar, son las que hoy calientan y hoy brillan y son las que están almacenadas en el astro de fuego para muchos siglos, y las que bajan á la tierra á caldear el cuerpo y á despertar al espíritu. Y una vez formada la inmensa bola, sólo por el hecho de la concentración tenemos ya almacenado calor, y quien dice calor dice luz, para quince millones de años, y aun para veinte millones en lugar de quince, segÚQ cálculos del insigne Helmholtz. Pero esto no basta para explicar el estado actual de nuestro gran astro, como no basta para justificar la constancia de su temperatura. No; el sol es mucho más: es toda una máquina térmica de la más sabia y más ingeniosa combinación. Es una 2 a M ¿rea f (3 Mé í) con su condensador, su caldera y sus movimientos regulares y periódicos. Explicar todo esto sería muy entretenido para mí, muy aburrido acaso para el lector, y por demás impropio de un artículo de esta índole. Diré tan sólo que si en la estupenda hoguera del espacio no sucediese más que lo explicado hasta aquí, pronto se enfriaría la superficie solar; pronto se formaría una costra sólida, y tendríamos á nuestro hermoso sol, el de las divinas auroras, el de los celajes de occidente, el que brilla sublime en campo azul, encerrado como en una caja mortuoria: bola negra abrasada por dentro, pero fúnebre por fuera, y ¡adiós vida, adiós alegría, adiós luz y colores! Por fortuna, á medida que la superficie se va enfriando y á medida que forma lo que se llama foto- esjhuj precisamente la que nos manda calor y por lo tanto luz, esa capa de nubes luminosas en que la materia solar se condensa, adquiere más densidad y se cae al fondo del sol á buscar en aquella inmensidad de gases, á altísimas temperaturas, más calor que sacar á la superficie otra vez. Es una prodigiosa circulación: primero, de fuera á dentro á buscar vibraciones; luego, de dentro á fuera á llevarlas á la foto- esfera y á esparcirlas por el espacio en ondas de calor y en ondas de luz. Y tenemos además los ciclones incendiados que circulan alrededor del astro, y cuyas bocas, relativamente obscuras, son las qne llamamos manchas del sol. Y además, alrededor de la foto- esfera, qne es así como un nublado de fuego en forma de copos, la crom, o- esfera con sus penachos de hidrógeno en ignición. Y después el espacio inmenso frío y silencioso; que siempre ha de rodear á lo que más abrasa lo que más hiela. Como el artículo ha de ser muy breve, no tengo espacio para decir más; pero si el lector siente curiosidad por estas teorías cosmogónicas, puede consultar, entre otros muchos libros, el de M. Paye, titulado Sobre el origen del mundo, cuya tercera edición acaba de publicarse. N