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J u u o esposa de Júpiter, estaba bastante escámala, no tanto por saber á cj iic atenerse respecto á la íldelidad de su marido, cuanto por las habladurías que llenaban el Olimpo, pues la murmuración no respeta ni aun la morada de los dioses inmortales; y teniendo sospechas de una vaca á la que Júpiter guardaba con gran precaución, y que no era sino la mismísima l o se la pidió á su marido, el cual no tuvo más remedio que otorgársela. J u n o puso la vaca bajo la custodia de Argos, que era una especie de guardia de orden público, con la pequeña diferencia de que los guardias tienen ojos y no ven, y Argos tenia cien ojos y veia con todos: entonces Júpiter llamó á Mercurio para que le salvara, y éste adormeció á Argos con los blandos sones de su laúd, cortándole después la cabeza y restituyendo á la pobre l o al amor de J ú piter. De aqui viene la frase hay que andar con cien ojos, aunque á veces no sirven para nada, como le sucedió al guardia que hemos mencionado. Fué concejal, y durante el tiempo que desempeñó su cargo robó el tridente á Neptuno, el cintnrón á Yenus, la espada á Marte, las herramientas á Vulcano, las flechas á Apolo y el cetro á Júpiter; á la Cibeles no pudo robixr nada porque la diosa nada poseía por entonces. Gomo se ve, Mercurio ocupó dignamente su puesto en el Municipio del Olimpo. Desempeñó la embajada extraordinaria en el Ida para conducir á Paris cerca de los diosos cuando la famosa cuestión de la manzana de la Discordia. F u é jefe superior de la policía y encargado de llevar á Prometeo á la roca donde está encadenado. Y es en la actualidad protector de los poetas, de los oradores, de los viajeros, de los pastores, de los mercaderes y de los ladrones, y director general de Correos y Telégrafos del Olimpo. Cuando le dieron este último cargo, tuvo necesidad de llevar una carta urgentísima; mas como le era imposible correr mucho, dijo, presintiendo á u n poeta contemporáneo; i ¡Alas para volar, ¡ay! quién tuviera por lo que Júpiter, puesto ijue las peb a para volar, le puso alas en los pies, y le regaló u n sombrero, también con alas, llamado petasus. De estos sombreros se ha perdido el molde en nuestro país. Un detalle para terminar. Apolo profesaba u n gran cariño á Mercurio, á pesar del robo de las vacas y del de las flechas, y queriendo demostrár- selo, le regaló el caAucso. Es una vara lisa á cuyo extremo hay dos culebras abrazadas; dos culebras que regañaban, y que al ver á Mercurio hicieron las paces abrazándose en su vara. Tales son los rasgos más salientes y los hechos más culminantes de nuestro ilustre y respetable jefe; cuáles sean sus propósitos y tendencias, el tiempo se encargará do decirlo. Lo único que puede id- ii- yir- f asegurarse es que á nosotros, después de los últimos sucesos, no podía presidirnos otro dios. Mercurio es el dios que por clasificación nos corresponde. Pero oh grande y poderoso Hermes! Si vas á castigarnos, humildes y resignados recibiremos el castigo; pero si, por el contrario, vienes decidido á protegernos, protégenos á todos por igual, sin distinción de clases ni condiciones. No favorezcas solamente á los que, como tú, se llevan las vacas: favorece también á los que, como Apolo, tocamos la flauta mientras se las llevan. Si asi lo haces nosotros te regalaremos por suscripción popular todos los caduceos que necesites. GIL DlliUJOS im M O K S v L U D Y DH M E N D B Z BllINCJA PARRADO