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MERCURIO Cumpliendo el simbólico y agradable t. ayiu pnci. fico de los dioses, que eii el Olimpo se observa coa escrupulosidad suma, toca este año regir nuestros destinos en clase de presidente sin cartera al cartero mayor de lujuellos reinos, al aprovechado hijo de Júpiter, al poderoso y magnifico Hermes: á i l e r c u r i o en fin. Bien hubiéramos querido celebrar una conferencia con nuestro ilustre y respetable jefe para dar á conocer al público los proyectos de que viene animado y s reformas que piensa Oiier en práctica durante el año de su! obierno: pero las dificultades de u n viajo al Olimpo de una parte. de otiu T la inseguridad do encontrarle, pues Mercuiio es un dios s que está en constante movimiento, nos han heclio desistir de aquella idea, que tan bien respondía al febril deseo de información de la prensa modernista. Xos contentaremos, pues, con ofj ecer á uiiestros lec lorcN los rasgos más salientes de la vida de 31 ei nriO; lomados de diversos autores, según costumbre en estos casos. Mercurio es hijo de Júpiter y de Maya, y nieto del venerable Atlante, aquel rey de África que se c nivirtió en monte al ver la cabeza de la Medusa. Sin duda como recuerdo á esta metamorfosis de s i abueJo, Mercurio nació en otro monte, en el monte Cyleno, por lo cual algunos poetas decadentistas de aquella ó 0 a le llaman nHcniiis. Otros escritores, fundándose en ra ones que no podemos admitir, dan á Mercurio diferentes nombres, coiuo por ejemplo: Lij iif- y ¡in. lu i, AI- Z Í Í JOMÍCS fjníic n. i, ele y los griegos, que le tienen giun venei acicñi oi haber nacido en un monte, lo Hairian lícrvu- s, poríjue (según su legenda al abrir los ojos á la vida exclamó: lltrmc. oi iii. No es nuestra misión en estos momentos, ni en este sitio, desvanecer esas falsas leyendas n i refutar las razones á que antes aludíamos: cúmplenos tan sólo bosquejar i rm. des s- fM la hist- ria del que será nuestro ilustre jefe durante el año de IHSKi. Así, pues, seguimos sin divagaciones. Desde sus más tiernos años demostró Mercurio dotes extraordinarias de inteligencia y sagacidad. Kl mismo día de su nacimiento (liay (jue tener en cuenta que los dioses ÍLan irrcido siempre m u y desarrollados) Irizo su rimera hazaña, la cual fué como sigue. Guardaba Apolo los rebaños del re. y Admeto, y entretenido en tocar la llanta, que, como todos saben, es una d e s ú s aficiones íávoritas. no x i ó q u e las vacas se iban L pastal á respetable distancia: mas sí lo vio Mercurio, uien aprovechándose ele aipiei descuido, las ocultó en una selva con la santa intención tie es de sujjonerse. En esta ocullar. ion fué s- rprendido por tm pastorcillo llamado ISato, al cual tuvo que dar la vaca más liernrosa JK, CAI. I para ¡ue callai a, y asi éste se lo pro tí metió; pero Mercuilo, con gran sagacidad, comprendió cjue no era de fiar uien se vendía pin tan ca cosa, y apareciendo en distinfxi figura ante la presencia de Bato, le ofreció una recompensa si le indicaba el aradero de las vacas, á lo que éste accedió inmediatamente, y por lo cual le convirtió Mercurio en piedra. Este es el origen de la palabra r. lii. -hnln, que se a ¡Uci ul que cuenta lo que no deba contar (véase el 7 J ¿r; f; i oH ¡7 v o de la Academia) Esta primera liazaña de Blerctirio enseña de una maneía elocuentísima lo malo que es tocar la flauta, sobre todo si se tienen obligaciones. Después de comjile ar su elucación. qiie, como iLe le su 0 nerse. ei a t) rillaut siiun, y hibiendo entrado en la edad en que se debe hicer algo útil, Mercurio lo hizo inventando dos eosis que la liuujauida I no h i agr. idecido bastante: el comercio, esa base de la sociedad, esa palanca etc. y el laüd sonoro, que pulsado por todos los poetas es el padre de todas las bellezas y de todos los i ipios. Júpiter, que adoraba á Mercurio más que á sus otros hijos, le encargó de una misión trascendentalisima y reservada. Sabido es que Júpiter era una especie de Don Juan Tenorio, y que son infinitas sus aventuras amorosas. Pues bien: por aquel tiempo Júpiter estaba locamente enamorado de una hija del río (lavandera) Inaco. llamada lo; tan enamorado, iue se pasaba el día entero diciéndola: o íVíi ío, en cuyas palabras han creído ver algunos críticos el origen de todos los dúos de amor de todas las óperas del mundo.