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í H a o Cuando Monroe prominoió su célebre frase, con tanta fruición y tan torpe frecuencia repetida hoy por los yankees, de América para los americanos hizo el primer calendario americano conocido. Tal juzgo que fué el origen de ese año pegado á la pared que llamamos almanaque ó calendario americano, si bien siguiendo la tradición gloriosa de nuestros literatos al por menor y cronistas sueltos, fuérame sumamente fácil inclinarme sobre las puras fuentes del Larouse y beber en ellas toda la erudición necesaria para puntualizar que otro americano además de Monroe pensó en hacer calendarios pegando una sobre otra tantas hojas como días tiene el año, adaptando el ilocJc resultante á u n plastrón j agujereando éste en su parte superior para colgarlo de u n clavo. En cuanto al calendario americano de Monroe, nuestras valientes tropas de Cuba le irán dejando reducido á los cuartos menguantes de la luna de Valencia, y por lo que se refiere á esos otros calendarios de pared que tú, lector sesudo, y t ú preciosa lectora, tenéis en vuestros respectivos despacho y houdoir, hablemos un poco do ellos: de su forma, de su esencia, de su filosofía, de su alma. ¡Cómo! ¿TJn almanaque de pared tiene alma? Todas las cosas la tienen, y los almanaques hasta en el nombre. Como se relacionan tanto con el tiempo, les prestó el aln: a en dos sílabas para que éstas fuesen las primeras de su apelativo; porque debéis de saberlo, si es que ya no lo sabíais: el tiempo y el alma son hermanos; vuelan, pasan y no mueren nunca. y 1. V J tí ¿í 7 v L- -siv í í IMI.