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De los otros premios han correspondido á Madrid alganos de ellos; pero ya éstos, segundones de la fortuna, no despiertan tanto interés como su hermano mayor y primogénito. La lotería de Navidad está circunscrita al premio grande, por el que suspiran todos los mortales, y á quien ven en sueños dibujarse como uu señor de voluminoso abdomen, con cara de Pascua, agitando en el aire los talegos eu donde suena el oro, el mejor balsámico que se conoce para remediar todas las dolencias. Busquemos el desquite en la próxima lotería, y vuelvan otra vez las cabalas, las interminables listas del tendero de ultramarinos, donde se apuntan todas las criadas y comadres de la vecindad; los recibos de pavos y dinero el vocear de los vendedores, que desgarradamente pregonan el de los tres millones, y en tanto enviemos u n mensaje con u n saludo cariñoso á nuestro ingrato huéspe l, el señor de 25.4 Í 4. VSPECTII D E I, A C A S A J) IC L A MDXJCDV D U K A K T K UI, SOUTKO Los alrededores de la Casa de la Moneda durante el tiempo que dura el sorteo ofrecen u n animadísimo aspecto. Millares de curiosos que esperan impacientes que el bombo arroje la misteriosa bola de los tres millones de pesetas; multitud de reporters que, cuartilla y lápiz en ristre, toman al oído los premios grandes para telegrafiarlos inmediatamente á los periódicos de que son corresponsales, utilizando todos los medios de locomoción conocidos, el caballo, el coche, la bicicleta, la escala de chicos y el mozo de cuerda, primitivo veidctilo para la información; infinidad de golfos en calidad do amaleurs de la lotería, que forman cola para laego vender sus puestos á buen precio: los chicos y los grandes, que esperan para la lista; todo abigarrado, desarmónieo, pero que impone á la escena una fisonomía característica. España entera está pendiente en esos momentos del hilo del telégrafo, que no transmite en aquellos instantes más que cifras y cifras que llevan á los hogares la decepción más espantosa ó la alegría. Estas escenas son las que reproducimos, gracias á la amabilidad del señor vizconde de Torre Almiranta, que ha hecho para nuestra Revista las curiosas fotografías instantáneas que acompañan á estas líneas.