Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ignorada joya ai tístioa, ni satisfago el infantil placer de pi ar tierra nueva, ni pretendo llevarme un nombre íri ás entre mis recnerdos. Me ha mirado la torre y he venido; dejé la carretera y sr. bi por la montaña; he tropezado en sendas desconocidas, y vengo á sentarme á la sombra de ignorados muros. El que visita una ciudad populosa y afamada dice después con orgulloso júbilo: ¡Yo estuve allí en tal feehal Cuando vuelva á descender á la carretera, diré con resignada voz: ¡Yo no sé dónde he estado! rtAcaso podríamos decir otra cosa saliendo de la vida? Pero heme ya cercano al anónimo pueblo. Podría contar sus casas; no las contaré siq uiera. Son pocas, m u y poer. s; si las habita la felicidad, bastantes; si mora en ellas el dolor, demasiadas. Al pie de la torre, cercano á la iglesia, veo u n huerto m u y chico, una cruz: ¡el cementerio! Parece u n camposanto para dormir los niños; ¡si ni a u n espacio suficiente tiene para u n muerto de veras! ¡Y cuántos ¡ay! descansarán bajo ese puñado ds tierra bendita, si escasa para la muerte, grande para el olvido! Mas ¡oh asombro! Una fila de hermosos laureles separa al diminuto cementerio de los extensos campos recién segados, donde todavía, on señal de sii fecundidad, se amontonan las mieses, ¿A qué campo pertenecen esos laureles ¿Al de la vida, donde granaron aquellas espigas doradas bajo la luz del cielo y al am aro del trabajo de loslunnbres, ó al de la muerte, donde todo reposa protegido or una cruz que impone silencio? ¿Para quién alzan esas altivas yilantas sus lustrosas hojas? ¿qnk triunfo anuncian, qué victoria proclaman? ¿la de la vida? ¿la de la muerte? Xo lo sé: ignoro el nombre del pueblecillo; no he contado sus hogares, no sé en (jué terreno crecen esos laureles. Vuelvo á bajar hacia la carretera, y al descender jior el edreg so sendero voy tropezando con los pies j- con el espíritu. Si los espinos se sonríen por mi torpeza, nada me imi orta ya: al término de mi anónimo viaje diré con voz resignada: Yo no sé dónde he estado: en u n pueblo sin nombre, donde a- ecian unos laureles que al soplo del viento lo mismo podrán inclinarse hacia los fecundos campos de la vida que sobre la cansada tierra de la muerte. Si lograse averiguar si esos símbolos de h u m a n a gloria, si esas altivas plantas consagradas á los tiúunfadores, pertenecían á los vivos ó se inclinaban sobre los muertos, no h a t r i a perdido m i viaje; pero heme otra vez en la carretera, en el camino del mundo, ignorando para quién son los laureles: si para los que viven, luchan y trabajan, ó p á r a l o s que duermen su postrero sueño ¿Cuáles son los verdaderos triunfadores? ¿Habré perdido mi viaje? AI, D T O H DE UX l H I M O SUYO S A O E E D O T E E N 1 8 9 3 El señor Obispo me ha emúado á este curato para que comience á ejercei- en él las funciones de mi sagrado ministerio. íí ii b o c- nlu lun ildo ol (uialo m u y linlne, p no e- natural que las buenas feligresías no sean para los sacerdotes há poco ordenados, como yo. Figúrate de veinte á treint a casas edificadas en lo alto de u n a montaña, una iglesia de sencilla y vetusta fábiica, y un cementerio adjunto. Tal es el pueblo, tal es mi curato. Son mis feligreses gente labradora; cuentan su vida r los años buenos y los años malos, y aun cuando abunden más éstos, no desconfian de Dios. Un detalle t, e probará) a humildad y pobreza de este pueblo: el cementerio, adjunto á la iglesia, no e. stá cercado de tajiias; sólo una