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El teniente coronel Kr. Baquei o, cnyo retrato envío con estas líneas, distinguióse porsii bizarría y valor desde los primeros; momentos, sosteniendo los furiosos ataques del enemigo y aprovechando el desconcierto qne en éste causaban las certeras descargas de nuestros soldados, para ir avanzando hacia Bayamo sin deshacer los cuadros de nuestra infantería. Tan distinguido y heroico jefe fué graA emente herido en un brazo, sin que por eso abandonara los lugares de mayor 3 eligro. Conducido al hospital militar de Bayamo, uno de los mejores con que cuenta la Sanidad militar en Cuba, curó por fortuna, y hoy el Sr. Baqu. ero cuenta como gloriosos recuerdos de dicha acción las cicatrices de sus heridas y el gi ado de coronel con que fué premiado con arreglo á la inmediata jiropuesfa del general eir jefe. Escenas de la campana Hei mosa en su horror, sublime es la guerra vista desde lejos, como asunto iriotórico ó tema de epopeyas y romances, y aun vista de cerca tiene su picante atractivo cuando se lucha con enemigos de raza ó de religión en extranjero suelo ó defendiendo el propio de invasoies. Ko tiene n i n g u n a de estas cualidades la lucha quo sosI. nVAXTAXnO T K T X C I I E K A S tenemos en la parte oriental de la isla de Cuba: guerra contra hijos ingratos, guerra contra el clima, contra el cielo inclemente y el suelo inhospitalario; de alii que las guerras de CTiba no puedan tener ningún Alai cón como el que tuvo nuestra epope. ya de África. Por no tener n i n g ú n lado simpático esta tiiste guerra de Cuba, con sus combates aislados, sus villanos ataques y sus defensas heroicas, ni aun tiene siquiera esa nota de color que pudiera aprovechar la pintura espafiola para eternizar en el lienzo las proezas de los soldados españoles. La atmósfera lluviosa, el suelo encharcado, la nota gris de los jipijapas y de los trajes de rayadillo no se prestan ciertamente á muchos rimorñs del pincel, como tampoco se prestan á grandes exaltaciones de la pluma los hoiTores del vómito, la fatiga de las urarchas y conl; raniarchas, la vida del destacamento encerrado en un fuerte de los que vigilan la trocha militar, ó el frecuente tii- oteo con grupos de rebeldes, más dados al cobarde empleo de la dinamita que al combate caballeroso y viril pi esentando valientemente el pecho. ¡Y siempre que luibiera tirosl Cuando menos, entonces la saña del soldado se desahoga dando gusto al dedo, y el espectáculo de la ajena derrota ¡uede compensar los sufrimientos de la campaña. Pei- o el soldado, jjara cada hora de tiroteo tiene muchos días de caminata, de seivií- io de convoye. de vigilancia desesperante: dias pasados en vigía y noches durmiendo sobre el suelo encharcado, porque no todos tienen la suerte de jioseer u n a hamaca, ya comprada, ya cogida en u n campamento enemigo, para atarla entre los árboles y poder descansar sin que la humedad de la tierra aleje de los párpados el sueño. En la mayoria de los poblados de Las Villas, los pequeños destacamentos que los guarnecen no descansan u n momento, ya tiroteándose en frecuentes salidas y operaciones, ya poniendo el poblado en condiciones de defensa para el caso probable de u n ataque ó sorpresa nocturna. El sisteraa de atrincheramiento por medio de los gruesos troncos y maderas, tan abundantes en este país, os el más usado para estas obras defensivas, no sólo por la facilidad de e n c o n t r a r l a primera iriateria, sino porque en pocas! I I U S I O N K Ü O S horas puede levantarse u n resistente parapeto, que con material de fábrica sería de más costosa y lenta construcción. Adjunto remito un dibujo del natural, en el que m i compañero Infante reproduce u n a de esas escenas de la campaña: un grupo de soldados, bajo la dirección del sargento, cierran la entrada de u n poblado y levantan la trinchera cubana que bien podemos llamarla así por su originalidad. El otro dibujo es u n grupo de prisioneros cogidos al enemigo por la columna del teniente coronel Palanca. j -d JOAN DE L A S H E R A V S