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TIPOS DE 1, A ÓPERA U Tí J U T O TI 1 Catón de Utica, al rat garte el peclio, pudo decir: ¡jn muere el último remano! el irreemplazable iSr. minutos a: ites de entregar á Ijio. s t u alma, debió exhalar la siguiente l rase: ¡Ctyumujo niatre el ídlliro atítor! Y hubiera dicho la verdad. Ahora se llama repre- seiitanJe al (j ue en otros tiempos se llamaba aiilor y era la ersona intermedia entre autoridades; actores, poetas, dependencias y público, con la límpresa. Bu crmpo prii- tipal de operaciones era el escenario, donde uo se movía una mosca sin su permito. El cuidaba, estimulando el celo de las dependencias, de (ju uo se eternizaran los entreactos, de q ue los artistas se ¿i ascí- víie. vBM con diligencia, y en suma, de todos los detalles necesarios á dar normalidad á las representaciones. Posteriormente, ingerencias de los representantes y directores escénicos (Quitaron importancra al cargo de autor, y acabaron por destruirle. Vivo el Sr. M... se respetaban sus atribuciones; pero al morir, el puesto de autor CLuedó borrado para siempre de las listas de las compañías. ¿Quién era M... Un viejecillo de liinjña historia artística. Había sido actor bastante malo en sus buenos tiemj) OS. Su bueír seirtido le convenció pronto de que no servia para el puesto, y se quedó entre hastidoret, desempeñando en pocos años todos los cargos teatrales (jue no tienen irecesidad de enseñar la Mra al jmlilico. Como premio á sus dilatados servicios, fué contratado hace ya muchos aíios por la empresa del teatro Real en calidad de autor, y sobre la escena italiana desarrollo sus aptitudes portentosas, llegando al emporio de su ¡iorin arlisUca. Tenía el simpático i l una figura distinguida y íiuos modales; su estatiira no jiasaba de mediana; brillaba en sus ojos la viveza, y jamás habló á u n a tiple n i á n n abonado sin dejar resbalar por los labios una sonr- isa amable. Cuando entró en el Ueal se compró, de lance yior supuesto, u n traje de etiqueta. E n catorce duros se lo dio el prendero, jjorque estaba ya n n poco pasado de moda. Tenía largos los faldones. Esto mortificaba á M... que, á pesar de sus años, (juería caminar á la par de la moda. Inició esta deidad caprichosa la necesidad de reducir el largo de los faldones, y M... incurrió en la imprevisión de recortar los de su fraque. ¡Con cuánta satisfacción hacía ver á todo el nruirdo que la prenda había quedado sujeta á las prescripciones de la derniére Pero como la liraiia veleidosa lo que hace hoy mañana lo borra, dispuso ue volviera el imperio de los faldones largos, y M... quedó en ridiculo, porque no podía poner á los suyos un añadido. Suspiraba donosamente por la restauración de los faldones cortos. Español de pura raza, jamás consiguió hablar el italiano; lo entendía, eso sí, y una de sus habilidades estribaba en fingir que no comprendía n i una sílaba cuando no le convenía entenderla. Eecuerdo que una vez se negaba u n barítono a aceptar la parte de Seviiro en Foliulo. Harto de discutir con él la Empresa y el director artístico Sr. Montressor, quedó el amigo M... encargado de entenderse con el artista, que realmente no sabia n i una silaba de español. Yo no sé los viajes que hizo el pobre M... del cuarto del barítono al despacho del Sr. Revira. Volvió, después de muchos, habiendo transnritido á la Empresa el ultimaluní del artista. ¿Cosa dice l impressaf preguntó el barítono. ¡Que te zurzan! contestó sonriendo y coir aplomo el autor. -Non capisco. -Eso es lo que yo te haría: cisco. Y saludaba cortésmente. -In somma, dice l impresario- ¡Que te zur zan! como si realmente esto fuera una contestaeión. Y de ahi no salió. La única frase que decía bien era la siguiente: ¿Si pao iv. conteuciare? Y ésta la decía golj) eando suavemente con los nudillos sobre las puertas de los cuartos de las partes principales diez minutos antes de empezar la función. i