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gria 5 el h u m o r á la. fiesta, y al salir á escena, idealizada la figura, recortado el airoso busto y poniendo en juego todas slis grabias) prenden en los batimanes y en los jyfís e i ré los corazones de muchos abonados, gente de club q uo gemelos en ristre atisban y fiscalizan hasta el menor detalle. J erminado el acto, y mientras los cantantes dan audiencia, reciben su corte y hacen gárgaras, el foi er de las bailarinas se llena de gente, unos que van directamente á hablar con elln, otros que se limitan á curiosear y á ver de cerca lo que los gemelos no han interpretado. J as bailarinas son envidiadas por las señoras del coro, que están á reñir con la juventml y la iragancia. Lo mismo sucede con el feliz mortal que tiene relaciones con una chica deTerpsicore. ¡Qué pillo eresl le dicen sus amigos. ¡Tienes más suerte que el niño de la Jota! Si la bailarina es italiana, la conquista entonces tiene nu is mérito á los ojos de los amigos, que admiran en silencio á aquel favorecido por la fortuna y se encargan de decir á sus contei tulios: -r. Sabes que Eduardo tiene relaciones con tina chuía de rango? ¿Es marquesa? pregunta lógicamente el indiviiluo. ¡Xo, hombre! es bailarina. Pero ¡ya sabes que todas las bailarinas tienen rango y otro ringorango! DE TODO UN POCO Mariano Benllinre, qtie además de excelentísimo escultor es un peritísimo dibujante, ha buscado en original mesa revuelta lo más característico, y descorriendo el telón, ha sabido sintetizar las situaciones más culminantes de Hiu onotes, colocando las figuras de Valentina y Raid en los momentos más pasionales, cuando el amor, luchando con la fe, ruge y se desborda con la violencia de una inundación. En una lila de butacas ha colocado Benllinre, entre otros, á í nis Mazzantini, que lo mismo se atraen de toros que de apnriitm, y á Saint- Aubín, tan diestro en a r m i s como en periodismo. Hemos convenido todos en que el teatro lleal, antes que temjilo del arte. rec i de la música, es altar de 11 vanidad, una contribución forzosa y un encasillado del padrón sociul que hay que llenar iiec aijamente. so pena di desmerecer muy en mucho á los ojos de los demás y de pasar plaza de veniílo d lueiiox, la más boclioriid- d -todas. Xaturalmeiite, que lograr esto supone la abdicación de muchas; cosas: ijue tiara evitar el imr. ertii i í 2 s necesario hacer verdaderos sacrificio -j iie hay familia que tpor ciarse el gustazo de leer e, i la rev) star t también las bellas ¡e ñ o n t a s de Calaguaia que lucían preciosas toilan, t. ijaces de pasarse la vida liaei nr ¿es y de sortear la alimentación á) ares ó Pero en camino es una satisfacción res ionder á las i -guntas de a i g a n á i S J H n el tranvía, y responder á voces jiai. que se enteren los viajeros y raxlvep -bi, había mucha gente. ¡Como era el primer turno! -Fstaban Conchita Lamprea, Mariquita Cienftieg. i; os, las de Estébanez; por cierto que estaban en unas liiitac s que n o Cii... suyas. ¡Se conoce qtife -se las habían regalado! -Sí; son muy cursis. -Ya ve usted; las que van. las ocho y mecftia ya. están en el teatro todas las noches; es decir. -Papá hace diez años que está aboiiaflo. y toda v iíi niO ha visto el acto primero de (linguna ópera, ni nosotras tampoco. Y las de Calaguala tienen rizón. Eso es lo diic y lo elegante, v no sé por qué; iero en fin, allá ellos y las de (íaiaguala. Ha, también en el público otra manifestación. La de los señores de la clase de graves con vistas á una senaduría vitalicia, que embutidos en los a, sientos de rojo pelnclie y mientras el tenor pone el grito en el cielo llorando las traiciones de su amada, leen ti anqnilainente y como si estuvieran en el secreto, los periódicos de la noche, la cotización de la Bolsa, el Consejo, cosas sesudas todas, porque entre la música de Wagiier y un discurso de Pardo y Helmonte, es mucho im is interesante lo segundo. Otra variedad: los descontentadizos. Estos ponen cátedra en elfoi er, y traen ai recuerdo los tiempos pasados, las épocas de su juventud, frescas y ore idas por la rimavera de los años. Para é. stos no hay cantantes, ni ópera, ni público, ni nada. ¿Se acuerda usted de la Penco? ¡Üf! Xo me hable usted. ¡Cómo cantaba aquella mujer! ¡Qué Penco, Lios mío! ¿Y dónde rne. deja usted á madaiue Lagrange, que salió á cantar una noche con tres cantáridas en el pecho? ¡Ah! También ahora, que en cuanto estornudan una noche tienen que rescindir el contrato. ¡Aqtu dlos eran otros tiempos! -Era mucha mujer aquélla. -Y no hablemos de mtisica. ¡Aquel I oliiUo, aquel Trovmlor, aquella Forza! -Sobre todo el Trocador. ¡Q. né niUerere! ¡qué miserere! En fin, se hizo tan popular, que desde entonces los cólicos fueron mis- erere, también. -Desengáñese usted, hemos venido muj á menos. El arte, como todo, está perdido. ¡Ahi tiene usted á Wagner! ¿Le parece á usted que se puede llamar compositor á un hombre que todo lo arregla á trompetazos? ¡Hombre, no hablemos de eso! La mtisica alemana os un cuartel de cabtlleria, y la, s. obras de Wagner una diana eterna. -Tiene usted razón y contrastando con esta teoría, la de los pollosí de hoj que defienden su época á capa y espada, y que colocan la música italiana dentro de los fueros del organillo, y ¡gracias sean dadas! En los antepalcos se hace oí cr también; menudea el visiteo: los que llaman discretamente á la puerta del palco y traen un jnuquet ó traen u n amigo, á quien in- esentan; ofician los gemelos de cornetín de órdenes; se habla del palco de enfrente; se cuentan dos ó tres historias de salón: dos ó tres sonrisas maliciosas, y u n com. entario picante en los labios; se sacan á subasta los sucesos del día: Cabriñana sigue en el pedestal; se dan dos ó tres toquecitos á la última