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¿Qué les parece nstedes este teniente alcalde? Todavía tengo que meterlo en color. -Está muy bien, pero no olvide usted un detalle: ¡que se le vean las manos! Pronto se hará, el barnizado, y, como es natural, resultari un Concejo ¡que ni hecho de encargo! Los sastres de Madrid se han reunido en fraternal banquete. Si me preguntan ustedes en dónde y cuándo, no podré contestarles i. ciencia cierta, porque estos días pasados ¡se ha manejado tanto la tijera en todos los círculos! ¡se han cortado tantos trajes á la medida del Ayuntamiento de Madrid! Era natural que los sastres protestaran de esta general usurpación de sus atribuciones, y acaso fuera dicha causa el motivo de su reunión. Me fijo en ella, no para sacar punta al jaboncillo, ni al muestrario, ni al patrón ó á los cartabones de cortar, sino para detenerme en un hecho sigaifioativo que puso término al banquete en cuestión- Ko se trata de brindis, de poe ías ni otras zarandajas con que suelen terminar los banquetes políticos y literarios; se trata del famoso libro de los sastres por cuyo fomento y cuidado sumo abogaron algunos de los asistentes con tan buen acuerdo como admirable sentido práctico. Dicho libro es un registro de sospechosos, un índice expurgatorio donde todos y cada uno de los sastres apuntan el nombre y señas de los clientes de mala fe para evitar que éstos vayan ejerciendo sus malas artes de sastrería en sastrería. Sapongo que el volumen en cuestión llevará éste ó parecido lema: Cuando las facturas de tu colega veas rodar, echa las tuyas á remojar. ¡Si los sastres hablaran! Y aún cree la gente estudiosa y sociable, los hombres de la calle ó los hombres de la política, que no sabe nada del mundo el honrado industrial que se pasa el día detrás del mostrador ó de la mesa del taller. ¡Qae no saben! Si nos dejasen á leer, verbi grafía, el libro de los sastres, habíamos de aprender más sociología que en todas las obras de Herbert Speucer. M. Michelin, diputado por París, va á presentar en la Cámara francesa una proposición de ley proponiendo la creación de una moneda de bronce de dos y medio céntimos. Bealmente, los diputados franceses complicados en los Panamases que surgen allí cada lunes y cada martes, es lo menos que pueden hacer en obsequio del pueblo: darle siquiera dos céntimos y medio en moneda nueva. Un diario español acoge la idea de M. Michelin y propone que el ministro de Hacienda de nuestropaís atienda á las necesidades de éste creando monedas de bronce como en Prancia, de nlkol como en Suiza, ó de aluminio, que es el metal de moda. Ya se ha visto, en efecto, que las monedas de oro de á cuatro duros se largan apenas acuñadas; los duros en plata toman el camino de Cuba; los billetes de Banco son raro patrimonio de algunos pocos: el público, en general, necesita una moneda que sirva para sus modestas transacciones, y acaso la moneda de níkel ó de bronce resolverla una dificultad. Al fin y al cabo, las cosas de España ¿qué son? Cosas de á chavo según confiesan extranjeros y regnícolas. Pues bien; la pieza de dos céntimos y medio (el medio chico, como le llamaríamos en seguida) ¿con qué gusto no sería recibido por el pueblo soberano? Hinchar un perro es cosa difícil, pero deshincharlo debe ser cosa fácil para un buen mioistro do Hacienda. Claro es que aquí el bronce lo necesitamos para estatuas y el níkel para la cartuchería Maüser; pero ¿no hay otra sustancia de que poder eclisr mano? El señor ministro de Hacienda ha pensado en el cartón, y ya está haciendo pruebas con unas tijeras. lia moneda nueva no sonará, pero ¿quién ha de extrañarlo? De Mendizábal acá, ¿qué ministro de Hacienda ha hecho alguna que fuera sonada? LUIS ROYO V I L L A N O V A DIBUJOS D I CILLA