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í anzón que se habrá jugado su fortuna. ¡Cosa corriente! Muchos obsequios, coronas ducales hasta en el velo del palalar, y dentro de dos meses el primer pagaré contra la dote. ¡Este es el mundo! En tanto, yo la quiero por ella misma, yo me consideraría remontado al cielo con una sola de sus miradas. ¡Inútil soñar! Tenia que elevarme hasta ella, y era natural que no me diera tiempo de recorrer todo el camino. ¿Qué significa un destinillo de tres mil pesetas ante sus millones? IV Fui profeta. ¡Diez millones disipados en dos años, tirados é. la calle; y cuando se agotó la mina, el escándalo sin rebozo, sin máscara; todo el cieno posado en el te ido del pecho, que se ocultó cuidaioaamente ante el altar, escupiéndose con cinismo por la gastada boca del marido infiel sobre la bellísima estatua que adoró una generación de pisaverdes, sobre la criatura sacrifica ia á la vanidad! ¡Ella, tan tímida, tau para, tan poquita cosa, hundida en la misera! ¡Y aún le faltaban los dos últimos golpes terribles de la suerte: morirse sus padres y huir su esposo, abandonarla con una estrella de circo! Veamos la altnoneia; su casa gozaba fama de museo. Efectivamente. ¡Qaé de bronces y mármoles! ¡Qué de cuadros antigaos al óleo! ¡Ah! ¿Esas son las habitaciones particulares de la du uesita? ¡La mayor parte de sus muebles de soltera, los testigos de sus primeros sueños azules, profanados por el fisgoneo de curiosos, gangueros y prenderos de alto coturno! ¡Su estudio, sus modelos, sus yesos, su caballete! ¡Binconcito delicioso que no conocía, que veo por primera vez, con cuánta emoción te contemplo, yo que tantas veces soñé contigo, con oir un te amo de tu dueña en tus divanes! ¿Eh? ¡Justo! ¡Esa tablita es mi ventana del sotabanco, la copiada desde la terraza de su hotel! ¿Qué tiene de tasa? ¿Quinientas pesetas? Ahí van. ¡Las diez, y á las doce tengo vista en la Audiencia! Corro á deiar en casa el cuadrito. ¡Cochero! ¡Con qué poco se contenta el corazón que no espera nada! Me parece que me llevo algo de ella! V- ¡Ah! Veo que no me han engañado los que me diieron que era usted, no ya el abogado de más talento, sino de meior corazón de Madrid. ¡Cuando usted me oiga! ¡Cuando usted sepa quién soy! -Un momento. ¿Reconoce usted este cuadrito? ¡Sí, sí! ¡Dios mío! ¡Es la ventana del estudiante que pinté de soltera desde la terraza de casa! ¿Cómo se encuentra en su poder? -El estadiante de entonces, señora, pobre y obscuro, es el abogado de fama que tiene usted delante. Se han cambiado los pfcpoles. Ahora soy yo el rico. ¿Y sabj usted lo que el escolar hacía detrás do las eatoinadas maderas? ¡Adorarla á ngiíed en silencio! -Pero ¿es posible? -Y hoy, hoy qiie la ve á usted en la desgracia soportando con tauta dignidad su desdicha, el jurisconsulto célebre sigue pensando en usted y adorándola detrás de la ventana. DIBUJOS DE P M O T ALFONSO P É R E Z N I E V A