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FOTOGRAFÍAS INTIMAS MARÍA TUBAU DE FALENCIA s un deseo instintivo y natural, nacido en el ánimo del público por virtud de la obsesión que sobre él ejerce la escena, acercarse é, los grandes actores, penetrar en su vida íntima, traspasar la aureola rallante que les rodea y verlos tales cuales son en la realidad, desprovistos de los prestados afeites del arte. Esta solidaridad que se establece entre la muchedumbre que aplaude y el ídolo aplaudido, sube de punto cuanto más alto descuella el astro, y adquiere un interés mnoho mayor cuando el astro resulta una mujer. La misma fama universal goza Sarah Bernhardt que Ooquelin, y sin embargo pocos conocen por dentro al que simboliza en su persona el teatro francés contemporáneo, mientras que á cada instante los diarios extranjeros nos cuentan hasta en sus menores detalles la existencia de la célebre actriz. Es una consecuencia lógica del efecto que nos causa Ja que nos electriza con su presencia, la que nos sabe hablar al corazón, la que nos subyuga con sus ojos, con su voz, con su mirada; la que nos nace reir y llorar, identificándose con nosotros, con nuestros sentimientos: llegar á ella. Es una reina que nos ha cautivado, y no tenemos bastante con aclamarla: necesitamos que nos permita sentarnos á su lado en su trono. En Francia, el país culto por excelencia, es cosa corriente que las actrices eminentes se labren con su trabajo una sólida posición; es más, no se concibe una estrella artística de primera magnitud sin su hotel propio. Por acá, ni nuestra pobreza ni nuestra falta de educación literaria permiten semejantes excesos; pero de todas suertes, los astros teatrales consiguen hacerse su poquito de solio; testigo, María Tabau. Proverbiales son su elegancia suprema, su aristocrática distinción, su singular finura. Con tales cualidades, puede calcularse lo que será el houdoir de la incomparable intérprete de Dumas y Sardou: un nido de raso. Amplio lecho de torneado palo santo con celeste colgadura; armario de luna; una mesita dorada con tablero de peluche roja; sillería moderna, ooquetona, chiquita; hermosa piel rabia de vicuña cubriendo un confidente, y un soberbio espejo erguido sobre la chimenea. Como notas interesantes, una pandereta pintada por los socios del Círculo de Bellas Artes con una linda poesía de Manuel del Palacio, y colgados en los muros, apuntitos de Espina, Jardines, Gomar y otros pinceles conocidos. Por donde quiera, un tropel de bibelots, de figuritas de China, de barros cocidos, de bronces; una espiritualidad en la fisonomía de la habitación, reveladora de la gran dama, de la mujer egregia por su corazón y su talento. El ¿oüd í ¿r de la gran actriz (por fjrtuna no suele suceder asi entre nosotros) es, por regla general, en el extranjero un nido misterioso en el que se desarrollan tantos y tantos capítulos de esa novela intima del corazón comenzada en el camarín del teatro en un entreacto, y terminada en el lindo gabinete de la colgante lámpara de cristal rosa deslustrado, confidente discreto y mudo de su dueña. En el ¿OM íoir de las estrellas del arte, los objetos que le decoran tieaen casi siempre un valor simbólico; el juego japonés de te, el plato orfébrico de plata repujada, la joya de irisados deítellos, son otros tantos suspiros. El amor de fuego, la pasión voleáníea, tienen allí su solio. El houdoir de María Tubau posee un carácter muy distinto: en él no se escucha batir de alas Los retratos de sus hijos, de su marido, de sus hermanos, revolando á la madre de familia inefable y transparente, envuelta como una aureola santa ea su virtud. La seducción no ha llégalo nunca á las puertas de su casa, abierta sólo á la castidad. Y este buen nombre de que María goza, donde s 9 pone más de relieve es en sus excursiones á América, en las que toda la alta sociedad de las comarcas del Plata la recibe en palmas en sus salones, no admitiendo en cambio en ellos á otros astros que deslumhran á públicos universales como el parisiense, y colocando asi á cada cual en su terreno. El dorado mundo de las pampas aplaude con entusiasmo á la divette, pero sólo admite en su seno á la señora. Hace diez ó doce años, entre los objetos innumerables con que obsequiaron ¿María Tubau sus admiradores en uno de sus beneficios, díoese que figuró una manta de Palenoia. El público, al enterarse de tal detalle, dijo ¡ah! con extrañeza, y, con efecto, poco después la gran actriz se unía con el indisoluble lazo al que hoy nadie llama de otra manera sino cariñosamente Oeferino, y el qae por entonces tenía conquistado en buena lid el nombre de autor dramático. La Providencia obró con suprema sabiduría realizando semejante boda. Para la mujer toda corazón, ningún esposo mejor que un poeta. Ea pleno romanticismo, extraviada la imaginación, enloquecida, no se comprendía la sublime llama de la inspiración sino entre el torbellino de la locura; el arte no se compadecía con el hogar; el talento había de ser bohemio por fuerza. María Tubau sería un ejemplo vivo de lo utópico de semejante afirmación si el sistema no estuviera ya desacreditado y en desuso. Nadie pondrá en duda su mérito inmenso; es una de las grandes figuras de nuestro teatro contemporáneo. Dorante las noches febriles de estreno, en la mente de la insigne actriz surgen á cada paso