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IVÁN EL DE LOS OSOS ¿Adonde irá Iván el de los osos, como ea el aduar bohemio le llamaban, por aquel tan solitario y temeroso camino de Gaudamil? ¿Adonde irá? Dos veces se había vuelto en la cuesta para amenazar con el garrote á un famélico mastín que con las orejas y la cola bajas, ocultándose entre los maizales y los trigos, á larga distancia le seguía. ¡Marjha, Tok! ¡Largo, Tok! gritó con voz imperativa, adelantando un paso hacia el perro, que se quedó parado un momecto en medio del camino, y luego, como de mal talante y perezoso, se volvió al aduar, que se aparecía M lejos envuelto entre lag brumas que se elevaban de la llanura pantanosa y triste; ¡triste, si, como aquel hogar de Hohemioí, al cual prestaban tan fantástico aspecto las tintas de un ocaso arrebolado y fuerte y la llama de las hogueras, que iluminaba con calientes tonos rojizos los rostros melenudos y cetrinos de la taifa de gitanos que en torno se agrupaba! Al voceríoi de los hombres que rifaban entre sí mezclábanse los histe ricos ayes de una pobre poseída que, rodeada de las mujeres de la tribu y de un pelotón de chicuelos sucios y desnudos, yacía pálida, calenturienta y estenuada sobre un haz de hierba seca que mordía un caballo montaraz de lanudo pelaje y enmarañada crin. Murmurando no sé qué cosas, iba el hombre andando de prisa y haciendo molinetes con el palo. Brillaban, heridos por los últimos rayos del sol, los vivos colores de su traje extraño y pintoresco; alborotábale el viento la desmelenada cabellera riza que asomaba por debajo del mugriento fez; á la espalda llevaba el zurrón de cuero arrugado y vacío, y pendiente del cinto la bullanguera pandereta, que el andar precipitado y descompuesto del hombre hacía sonar á veces. En la diestra, nerviosa y atezada cual garra de milano, empuñaba el herrado bastón, y no se daba tregua en golpear los lomos del oso, que se detenía á morder la desmedrada hierba que cubría las orillas del