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Además, mirándole atentamente, me convencí de ello, porq ue la impasibilidad de su ñsonomia expresalja claramente que era incapaz de ningún sentimiento dulce y compasivo. ¿Sabes quién soy? me dijo. -Si. ¿Y no tienes miedo? -Por ahora, no. -Yo he hecho que se te olvidara la petaca para detenerte; siéntate, hombre, luego saldremos juntos, que yo también tengo la noche muy ocupada. ¿Dónde vas? le pregante. -Quiero ver á un editor, ir á una casa de préstamos y á una fiesta de caridad. ¿Tú vas á fiestas de esas? -Si; pero no como me ves aquí. Para kermeses, tombolas y otras reuniones análogas, me divido, deseomiiongo y sutilizo hasta espiritualizarme y convertirme en ideas, en impulsos y movimientos del ánimo; en segaida me introduzco en cuerpos de mujeres bonitas y elegantes ó de caballeros obsequiosos, y neutralizo la eñeacia de la limosna haciendo que la den de mal humor, por compromiso, por precio de una diversión, en vez de hacerlo por verdadera caridad. -A. pesar de lo cual no evitas que el dinero del vanidoso sirva para remediar al pobre. Ya ves: tan poderosa es la caridad, que aun mal hecüa sirve de algo. Esto pareció mortificarle, porque en vez de responderme se puso á jugar con la petaca que yo me dejé olvidada sobre la mesa, y al lado de la cual estaba el dinero: unas cuantas monedas de plata y nn regular puñado d perros grandes y chicos. -Mucha calderilla llevas, dijo. ¿Para qué tanta? -Para dar limosnas. Por mi gusto, si pudiera, daria duros y pesetas; como no soy rico doy perros. -Haces mal. Dar limosna en la calle es dejarse engañar, contribuir á que aumenten la vagancia, la holgazanería y hasta el crimen. -Algo hay de eso, Pero ¿quién resiste al deseo de remediar el mal que ve? -Los que pensáis así sois explotados. ¿Qaieres que te enseñe ahora mismo todos los falsos pobres que te van á pedir desde la puerta de tu casa hasta donde vayamos? Pues ¡mira! Sin esperar respuesta, apagó el mechero de gas, y al quedar el despacho á obscuras, vi una, la mayor de sus paredes, convertida en lienzo blanco, líual al plano donde se reflejan las figuras proyectadas por una linterna mágica. En aquella limpia superficie comenzaron á surgir y moverse imágenes tan fieles, que el perímetro luminoso parecía un balcón abi rto sobre la realidad. -Empecemos, dijo el Diablo. ¿Qaé hay ahí? -Una mujer harapienta que lleva un chico en brazos y otro casi á rastra. -Mira bien. Lee en el pensamiento de esa mujer. íQuéves? -VBO que los chicos no son suyos, sino alquilados, y que de cuando en cuando pellizca al chiquitín para que llore. De pronto desapareció el grupo, siendo inmediatamente sustituido por otro. ¿Y ahora? -Un hombre que pide sentado ante una esquina con un sombrero entre las piernas y tocando una flauta. ¿Qué está pensando? -Que en cuanto den las doce de la noche se irá á un café de los barrios bajos donde le aguarda una mujer que no es buena ni PS suya. -Paes á otro. íQaé tienes delante? -Una vieja bien arropada dormida junto al respiradero del sótano de una tahona, del cual sale aireeillo caliente; y veo también una niña eníermiza y enclenque, medio desnuda, qué corre de un lado para otro pidiendo á todo el qné pasa. ¿Qué le sucede á la niñfl? -Que está tiritando do frió, poro por temor al castigo no desportará á la vieja hasta tener recogidas dos pesetas. -Adelante Paeron pasando: un chico acostumbrado á quitarse las alpargatas en días de nieve, un avaro que llevaba cosido al forro de la chaqueta un billete de Banco, una mujer que al mendigar tenia apostados con otra dos reales sobre quien sacase más, y finalmente, algunos otros tipos á cual más repulsivos. El último fué una infeliz muchacha graciosa y bonita á quien su familia no recibía en casa, por tarde que fuese, mientras no llevara cierta cantidad. -No quiero ver más, dije indignado. ¡Vamonos! Encendí luz, me guardé la petaca; maquinalmente, por costumbre, cogí también el dinero, y salimos. Uno tras otro encontramos á cuantos falsos mendigos nos acababa de mostrar la linterna mágica. Ya estábamos á punto de separarnos, cuando de pronto se nos acercó un Hombre con la mano extendida y murmurando palabras que no entendí. ¿Y éste? pregunté á mi acompañante. A éste no me lo has enseñado. Quiso el Diablo pasar de largo, mas yo le repetí con aspereza: ¿Qaién es? ¿Por qué pide? ¡Contesta! -Ése, repuso malhumorado el personaje del otro mundo, ese es un verdadero desdichado; quiere trabajar y no tiene dónde hoy no ha comido. Pero es uno, uno sólo, y yo te he enseñado muchos pillos. Entonces me acerqué al pobre y le di cuanto dinero llevaba, diciendo al mismo tiempo: -En gracia de ese desconocido que tu malicia no ha puesto ante mis ojos, pago gnstofo (1 engaño de los demás; por si encuentro á ose pobre verdadero, me gusta llevar monedas, y lo que siento es no poder llevarlas de oro. JACINTO OCTAVIO P I C Ó N Tíjur- j. s nit nüKRTAS