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VK POR SI ACASO Hacia muclio tiempo que tenia yo deseo de conocer personalmente al Diablo, no para entrar con él en tratos ni para pedirle favor alguno, pues sé que lo primero está pasado de moda y lo segundo es inútil, sino por gusto, por capricho, y también, movido de cierta curiosidad casi filosófica, por apreciar la diferencia qne pueda existir entre un mal pensamiento de los que nos inspira el espiritu maligno y su presencia real, efectiva y corpórea. Creía yo que para un rato Ja conversación del Diablo debía de ser en extremo agradable y ñasta instructiva, como de quien está acestumbrado á tratar con gente Jista é ilustrada. Por último, avivaban en mi aquel deseo las dudas que se me ofrecían acerca del aspecto fisioo que el Enemigo pudiera tomar al visitarme. Yo había leído que á San Facomio se le apareció bajo la forma de un gallo furioso; que para tentar á San Eomualdo, se hizo buitre; para intimidar á, San Leonardo de Corbia, se introdujo en el cuerpo de una serpiente; que quiso engañar á San Macario alojándose previamente en la persona de un boticario, y que, según afirma un autor muy serio y ortodoxo, se presentó á Santa Juliana en figara dé ángel. Tina noche después de comer, vestido para salir, apagué la luz; mi cuarto quedó iluminado sólo por la rojiza claridad de los leños hechos ascua y medio consumidos en la chimenea; al marcharme, ya junto á Ja puerta de la escalera, recordé que sobre la mesa del despacho me había dejado olvidados el dinero y la petaca. Seguro del sitio en que estaban, volví á entrar á obscuras para cogerlos á tientas. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que de uno de los leños de la chimenea se desprendía una llama descomunal, en- tre violácea y verdosa, que daba un humo muy denso, el cual, en vez de desaparecer por la tubería arriba, se aglomeraba en sucios borbotones hacia un extremo del cuarto, y allí, en un rincón, iba poco á poco adquiriendo consistencia y tomando forma humana! Presintiendo entonces que acaso fuese aquel fenómeno un anuncio de la visita del Diablo, encendí un mechero de gas y vi con asombro que no estaba solo. Indudablemente era él; pero no se me aparecía como monstruo espantable ni feo animalucho; no era siquiera el burlón Mefistófeles trajeado de rojo: el diablo que tenia delante era un caballero, al parecer, finísimo y vestido do frac con excepcional elegancia; Ja barba rojiza y el brillo casi metálico y frío de los ojos denunciaban, sin embargo, su infernal origen. Quien le delató á voces fué mi propia conciencia.