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El ministro de Hacienda llamó toda prisa al barón Alfonso de ÉostcMJd, bien seguro de qñe en la vecina nación, si el eindadano honrado se limita á buscarse la judia, un buen administrador del Erario público debe ante todo buscar el judío. Imposible parece que en los tiempos socialistas que corremos, y en una nación de tanto empuje como la francesa, tenga un bombre, un solo hombre el poder de inclinar á, donde quiera la pública balanza, poniendo en el platillo, no ya la espada de Breno, sino la rúbrica hecha de una plumada. El judío moderno da quince y raya á Arquimedes en cuanto lo de remover el mundo: cuenta con la palanca y cuenta también con el punto de apoyo. Si la opulencia no tuviera también sus quiebras, como ahora se ha visto en París, ¿qué consuelo nos quedaba i. los pobres? -Oye, tú, decía un golfo á otro en la calle de Sevilla, ¿tú andabas en eso de las minas de oro? -No; ¿qué ha ocurrido? -Una de quiebras, que París se viene abajo. -Paes no, en las minas de oro te juro que no tengo nada que ver; lo que he vendido en la Puerta dol Sol han sido minas para lapicero, borrador y guardapuntas. Hay pueblos felices donde la entrada del inviorno se conoce únicamente por las prescripciones del calendario y una baja prudencial en) a temperatura. Aquí, en cuanto la sierra del Guadarrama empieza á ponerse de puntas en blanco, se nota un encantador aumento en la mendicidad callejera y comienzan los atracos en los alrededores de Madrid. La Época denuncia que uno de sus repartidores ha sido victima en poco tiempo do tres ataques de esa clase. Supongo que el hombre, de hoy en a. delante saldrá, á las afueras decidido ét repartir Bpocas y tiros si se tercia. Mas hora es ya de que las autoridades se convenzan de que en los alrededores de Madrid el peligro menos serio os el del matate. Paode uno maroharse 4 París como cosa de juego, pero no debe salir del extrarradio sin dejar corrientes sus asuntos y ponerse bien con Dios. La Administración, sin embargo, no tiene entrañas. Vigila al matutero, que es lo que le interesa, y deja á la libre iniciativa individual el grave negocio de la seguridad de las personas. Si por accidente ¡oh pío lector! sufres algún atraco en los alrededores de Madrid, no implores el auxilio de la autoridad. Porque ésta, lejos de ampararte, podrá, echar sobre ti todo el peso legal de los artículos referentos á la imprudencia temeraria. Madrid entero desfiló por el teatro de la Princesa para admirar á, la gran trágica, á, Sarah Bernhardt, en cuyo obsequio agotó la critica todo un verjel de flores, y el bombo periodístico quedó destemplado de tanto y tan recio golpear sobre él. Mas era preciso que la emoción artística llegara al colmo, y Sarah Bernhardt pisó las tablas del Enpañol, abrazando entre ovación unánime á Mariquita Guerrero, que aquella noche recibió el caballeresco espaldarazo y calzó la áurea espuela del arte, la espuela con que se aguijonea al Pegaso. Enfermamos del corazón aquella noche; son demasiadas impresiones artísticas para recibidas en tan corto espacio de tiempo. Los alrededores del teatro Español estaban llenos de curiosos y admiradores al aire libre. ¿Qué ocurre esta noche? -Nada; que canta aquí la Sarah Bernhardt. La retórica reporteril dijo horas después que Moliere y Calderón se habían dado un abrazo. No hagan ustedes caso de la retórica. Calderón se pasó la noche tiritando en la plaza de Santa Ana, y el ángel que le guarda las espaldas tuvo que ponerse serio para que los golfos no se montaran en los propios hombros de D. Pedro. ¡Lástima que la ilustre artista nos haya abandonado tan pronto! Ha dejado en Madrid muchos admiradores y muchos chasqueados. ¿Que quiénes son éstos? Los que aguardaban que Sarah Bernhardt cantase en Eslava EL tambor de granaderos cualquiera noche. LUIS E O Y O pw OTIJIÍA. VILLANOVA MHM