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A OCHO DÍAS VISTA El hombre- salvaje. -Dlógenes en Madrid. Lo que se trae el hoLbre- salvaje. -La Bolsa de París. -Su úíiica operación en estos días. -El ministro y Rostchild. -Un nuevo Árquimcdes. Comentarlos. -La entrada del invierno. -Atracos- -Fíate de la autoridad y no corras. Sarah Bernliardt en el Español. ¿En Eslava? Ha llegado á Madrid el hombre- salvaje. Uu hombre de verdad; de pelo en pecho y pocas palabras, según las señas que publica la prensa diaria; el bello ideal de Diógenes, que un mes hace hubiera recorrido inútilmente las calles de Madrid, poro que ahora podría apagar su linterna con un resoplido de satisfacción. ¡EL hombre- salvaje! ¿No se exponen los que así le llaman á ir al tribunal, por calumniadores? Pacífico, inofensivo, tranquilo y sociable como el que más, se limita ¿darse en espectáculo en la calle de la Victoria, no sé si en la casa precisamente donde estuvo el Circulo Artístico- Literario. Los maliciosos piensan que el hombre- salvaje no ha llegado á humo da pajas. Qiaién supone que ha venido contra- tado de jefe de cZogtte para meter miedo á los reventadores; quién que es el vivo anuncio do una peleteiia; quién que lo ha cobrado D. Francisco Sil vela en una de sus últimas cacGiias para echárselo á D. Antonio en la primera ocasión, aunque sea anunciando el espectáculo en esta forma: Lucha del hombre- salvaje con el perro del hortelano; quiero decir, con el perro de la Huerta. ¿Por qué no ha de ser el hombre- salvaje una añagaza silvelista? ¿Por qué no ha de ser traído por D. Pacti Cada personaje debe ostentar para brillo propio una notabilidad adjunta. ¿No se trajo el Sr. Bosch al cniño de la Jota al lazarillo d Pomento Los desastres y trapatiestas de la Bolsa de Madrid nos tienen sin cuidado é, la mayoría de los moitales; ¡para que vayamos ¿inquietarnos por los craks y bancarrotas de la Bolsa de París! Pero el hecho ha tenido demasiada resonancia para que deje de ocuparme de él en estas crónicas, siquiera mis letras A ocho días vista no sean endosables ni descontables en Bolsa alguna ni en ningún establecimiento de crédito, por desgracia para este humilde librador. Los ferrocarriles del Sur, el negocio de las minas de oro y el nuevo Gabinete francés produjeron en la Bolsa de París tal y tan funesta impresión, que durante unos días no hubo allí más operaciones que una, y ésta inás bien aritmética que comercial: la multiplieaeión de quebrados.