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Siguiendo mi peregrinación por otros patios, me detuve ante el mausoleo erigido en honor de Ayala, aquel cincelador de la forma y siervo del estilo, ante la original columna del sepulcro del pintor Plasencia, y contemplé, unidos por la muerte, á Matilde Diez y á Julián Romea. En el cementerio de San Justo admiré el magnífico pabellón de los condes de Santa Coloma; la artística tumba que guarda los restos de Oudrid que con Graztambide compartía los éxitos de la Zarzuela; el sepulcro de Moreno Nieto, los de Donoso Cortés y Meléndez Valdés, y el de Rivadeneyra, á quien tanto deben las letras españolas. El de Santa María guarda los restos de una mujer hermosa y buena: de la Bushental, que no vaciló un día en vender sus alhajas para socorrer la aflictiva situación de los emigrados españoles, y que á su mesa sentó á los políticos y hombres de letras más notables; y en la interminable fila de nichos mi vista fué leyendo nombres y nombres de gentes que fueron Para todos ellos tuve una oración y un piadoso recuerdo. Siempre que veo un nicho abandonado, donde el musgo brota y la pared se resquebraja; donde el nombre, apenas visible por la altura, está borrado por la lluvia que azota allí con inclemencia, viéneme á las mientes la famosa inscripción de Leopardi: ¡Dejadme en paz! ¡Triste del que para siempre se ve abandonadol S V v ¡Feliz, en cambio, aquél que tenga una mano cariñosa que esparza flores sobre su tumba! Porque las flores llevan siempre el perfume de la mujer amada. MAUSOLEO DE ABELARDO LÓPl Z DE AYALA Al lado del magnífico mausoleo que guarda en mármoles las cenizas de los antepasados, que velan en correcta fila los criados de la casa encargados de llorar por delegación, se ve la lápida modesta con sencilla cruz de madera hincada en tierra, y unas manos cariñosas que se cruzan y elevan al cielo y unos labios que balbucean uaa oración. Prefiero este último. Por eso al retirarme ayer del cementerio, cuando ya todo el mua lo desfilaba, acometióme pena grandísima. Dejábamos á los muertos solos al avecinarse la noche, cuando la soledad de aquellos sitios es más inmensa y cuando más nos agradecerían nuestra compañía; porque de día hay sol, hay aire, hay luz; de noche, espesas sombras Los cirios se apagan; los mozos de cuerda retiran los hacheros las viudas secan sus lágrimas y recogen el sentimiento, y los maridos suspiran al abandonar á sus esposas. Todo vuelve dentro de poco tiempo al mismo eterno SKPUbCJlO DE CRISTÓBAL OUDRID reposo, quebrantado sólo por el golpear de la lluvia sobre la galería y el chirrido extraño de las aves nocturnas. Salíamos, y el conserje, sonando las llaves, se disponía á cerrar. ¡Hasta otro añob) decían muchos. ¡Hasta mañanal decían pocos. Y de los ojos del sol, que ya se hundía en la franja de carmín del horizonte, se desprendieron dos lágrimas. LUIS G A B A L D Ó N TUMBA DE MOBENO NIETO