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LA FIESTA DE LOS MUERTOS ORÓNIOA NEGRA Al despertar de una mañana brumosa que envuelve como entre tapidísimas gasas los tibios rayos de un sol de otoño plomizo y con aspecto de convaleciente, las campanas de la iglesia vecina suenan con lentitud, con pereza parecida á la de los árboles cuando después de haber llovido sacuden gotas de agua con el ritmo acompasado de una marcha fúnebre. FATIO DE SAN UILLÁH, SS L CEMÜNTSaiO DE SAN JUSTO Al asomarme por los cristales del balcón de mi despacho, empañados por la neblina, llenos de caprichosos dibujos, con mi nombre escrito infinidad de veces por los deditos de mi mujer, contemplo el espectáculo de las calles encharcadas, fangosas por la lluvia molesta y pertinaz de días anteriores, el chapotear de los caballos sobre los charcos que forma el agua, y el andar de prisa y á grandes trancos de los transeúntes que asaltan los primeros tranvías, en tanto los desheredados siguen á pie, con las manos en los bolsillos de los pantaloiies, perdiéndose á lo lejos por la larga fila de árboles que forma el paseo, y que al fiaal se estrechan y se abrazan. Los reposados acentos de la campana, que sigue vibrando, tráenme á la pereza del recuerdo todas mis afecciones más vivas, que hoy toman poderoso relieve y se agrandan como cristales de linterna mágica proyectados sobre una superficie plana. Y es que en el rodar de la vida, en estas inquietudes y en estas luchas tan constantes, donde el alto en la marcha es limitadísimo y donde una sonrisa nos cuesta un empréstito de mortificaciones, necesitamos un día al año especial, dedicado exclusivamente á cada manifestación y á cada sentimiento. Así, de este modo, tenemos que dedicarnos á la oración y al recogimiento en Semana Santa, divertir-