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roña de marchitas flores, y vosotras, doncellas, mostrad en vuestras manos descarnadas la palma de la doncellez. Los sauces sacuden sus hojas, y con sus rumores fnaerales parece q ue gritan con las palabras del Evangelio: ¡Idos, y dej ad á los muertos acostados de cara al cielo y arrullados e t e r n a mente por el ruido monótono de nuestro ramaje! La iuventud dice: Vuestra memoria vive con nosotros, y os traemos como presentelágrimas y suspiros, luces y flores. Y los sauces responden: ¡Idos! Los muertos nada quieren. ¡Bienaventurados los muertos! Tienen ojos, y no ven; tienen oídos, y no oyen. j -K. áj- V T asi es, en verdad: nada quieren. La invasión de los vivos en la casa de los muertos fué en época pasada, más bien que día de luto, día de feria. Junto á las coronas f u n e r a l e s la fuente de buñuelos; junto á la cruz, la botella de vino, y parientes y deudos ¡tan silenciosa como la muerte misma! Debe ser la fiesta del hogar majestuosa y callada como ei llanto sincero. Los muertos de la tierra, á la tierra vuelven, en ella permanecen, y cualquier día puede uno inclinar la rodilla en la sepultura, regarla de lágrimas y adornarla con flores. El Día de Difuntos me acuerdo siempre de los muertos del mar. t ¡Para los m. uertos del mar no tiene nadie coronas! Nadie enciende luces para los quereposan en el cementerio azul. Gente moza y decidida arrostra de continuo los riesgos del mar y la perfidia de las olas. El monstruo tiene siempre las fauces abiertas: todos los días de vora una víctima; á cada instante t amenaza con faria. De pronto cruje el maderamen, cae con estrépito la arboladura, y después de una lucha inútil y des esperada, juventud y esperanzas, anhelos y cariños, todo va al fon do ael mar para siempre. No ven, al morir, los ojos llenos de lágrimas de la madre; no exhalan el último suspiro en los brazos amantes de la esposa, sino que á los gritos de angustia del náufrago responde el mar con su ronco oleaje. Para los muertos del mar no tiene nadie coronas. Eá decir hay quien se acuerda de ellos. Al declinar la tarde del Día do Difantos, todos los años un ángel desciende del cielo. Sa cabellera do oro toca en las nubes v sus pies i p, A. i f í- If? H r sfv. M- i y amigos creían cumplir un piadoso deber tomando por asalto los cementerios. Afortunadamente cayeron en desuso tan feas costumbres, y los muertos duermen en paz. La conmemoración de la muerte debe ser silenciosa: DIBI 7 J 0 S DB MBNDBZ BBINQA se deslizan sobre las crestas de las olas; sus alas blancas cubren todos los mares, y entonces es cuando llora el Dios bendito de la humildad, el padre de los náufragos, que arroja sobre los mares una lluvia de flores, y el cielo es un inmenso catafalco encendido de estrellas. MANUEL P A S O