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X. OS MUERTOS DEL MAR ¡Paz á, los muertos! He aqni tina máxima cristiana que hasta hace pocos años uo ha tenido cumplida ohedieacia en las almas piadosas y caritativas. Solemos los vivos olvidarnos de los muertos, y únicamente cuando el calendario nos señala una cifra, creemos llegado el momento de recurrir á. la pesadumbre y á la oración y recordar aquellos días felices en que compartíamos con la esposa las dulces cargas del hogar, ó cuando nos esperaba solícita nuestra madre, ó cuando recibíamos el primer beso del niño qué con encantadora inocencia apenas si sabia balbucear nuestro nombre. La, vida se cree obligada á rendir un tributo de consideración á la muerte, y la gente moza y bullanguera se dispone á visitar los cementerios. El camposanto, silencioso de continuo y triste siempre, es invadido por los alegres rumores de la juventud, quien adorna con flores sepulcros, nichos y sarcófagos. La vida es una gran señora que una vez cada año da á la muerte una limosna de cariño. Los muertos preguntarán: í A. qué venís? Dejadnos dormir en paz el sueño eterno. Un día es un día, responde la juventud. Sacudid el polvo de vuestras mortajas, ajustad á vuestras calaveras la co-